ISLAM Y CRISTIANISMO EN ÁFRICA

Justo Lacunza BaldaΘ

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Me parecen oportunas algunas observaciones preliminares que nos permitan abordar de manera sencilla y ordenada un tema tan vasto, extenso y controvertido como es el que nos proponemos tratar en el espacio reducido de un artículo. Sería una tarea ingente pretender cubrir todos los aspectos de la presencia, historia y engranaje del Cristianismo y el Islam en el continente africano. Por eso nos hemos propuesto ofrecer las pinceladas necesarias e imprescindibles que nos permitan contemplar la amplitud del panorama del Islam y del Cristianismo en los países africanos, tanto en el marco de las iglesias cristianas como en el contexto de las comunidades musulmanas. Son numerosos los textos que abordan la cuestión bajo el punto de vista histórico, pero considero mucho más relevante observarlo desde una variedad de ángulos y perspectivas: geográfico, cultural, religioso, político, lingüístico, étnico, económico, nacional, transnacional... Esto nos va permitir, por un lado, darnos cuenta de las dificultades efectivas de la materia y al mismo tiempo nos va ayudar a entender mejor las realidades complejas africanas en las que los actores principales son hombres y mujeres. Son ellos y ellas los protagonistas indiscutibles que viven y trabajan, creen y expresan sus respectivas creencias en contextos geográficos, culturales y nacionales diferentes. Una cosa es cierta, Islam y Cristianismo son parte integrante del tejido social, político, cultural y religioso de África.

GEOGRAFÍA Y TERRITORIOS

El continente africano está formado por 54 estados independientes con constituciones, legislación e identidades propias de cada nación. A partir de las independencias se ha ido gestando el nacionalismo con sus altibajos políticos, sus escaramuzas geográficas y sus reivindicaciones territoriales. A pesar de esa visión global cabe destacar que en Túnez y Libia se están redactando nuevas constituciones, en Somalia falta la estructura institucional de un Estado nacional y el Sahara Occidental es teatro de reivindicaciones por parte del Reino de Marruecos y de la República Democrática Popular de Argelia. Con mucha frecuencia, hablar, escribir o debatir de África quiere decir sencillamente referirse al África negra sub-sahariana, olvidándonos de que países como Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y Mauritania son también africanos. Esto puede causar un cierto malestar en determinados círculos intelectuales y académicos, pero un sencillo ejercicio visual, contemplar el mapa de África, basta para sacarnos de dudas. La Organización de Unidad Africana (OUA), desde 2002 Unidad Africana (UA), fundada en 1963, indicaba muy bien la totalidad de las naciones-estado del continente africano. Pero esa realidad geográfica comenzó a eclipsarse en los años ’70. Fue debido principalmente al petróleo, utilizado como arma ideológica para subrayar el protagonismo energético de los países árabes. Todo eso ocurrió a pesar de que Nigeria y Angola eran ya dos países africanos productores de petróleo. Los aspectos geográficos tienen su importancia en la manera de concebir la presencia del Islam y el Cristianismo en los diferentes países y regiones del continente africano.

DIVERSIDAD Y PLURALISMO

Es necesario recordar una vez más que África es un continente que representa un mosaico de pueblos, gentes y sociedades inspiradas por la religión musulmana. Los musulmanes y cristianos que viven en los diferentes estados africanos, están también relacionados entre sí y también con las religiones tradicionales. Esas relaciones interreligiosas e interculturales no han sido nunca una línea recta perfectamente trazada y claramente delineada. Los altibajos y vaivenes históricos, junto con los enfrentamientos y desavenencias culturales  producidos por el Islam, han influenciado su entendimiento, su percepción y su interpretación. Como toda religión también el Islam es fuente inefable de espiritualidad, manantial sublime de inspiración y remanso de paz interior para los creyentes musulmanes. Ya desde los comienzos del Islam, “la religión de los Árabes”, como he oído decir muchas veces, se extendió por las costas orientales y occidentales a través de la navegación, del comercio y de los asentamientos. Con la emigración marítima muchos musulmanes de origen árabe se afincaron en África formando pequeñas comunidades en las que el imám era una figura relevante en la comunidad. Más tarde vendrían los maestros de las escuelas coránicas (madrasa) para impartir lecciones sobre el contenido de la fe musulmana, explicar el significado del texto del Corán y ayudar a memorizar algunos pasajes más importantes del Libro Sagrado de los musulmanes.

Los estados africanos son reflejo del pluralismo religioso y de la diversidad cultural del continente africano. Frases como “nosotros los africanos”, “en África”, “el universo africano” o “en África” no parecen reflejar la pluralidad de lenguas, culturas y religiones de la que son testigos inconfundibles las sociedades africanas. La pluralidad, en toda su gama de acepciones, viene reflejada en las iglesias locales que son la manifestación visible del fermento y de la levadura que es la fe cristiana. Lo mismo podríamos decir de las comunidades musulmanas que se empeñan en vivir en armonía con los principios del credo islámico y de la fe musulmana.

MUTUO ANTAGONISMO CULTURAL

Hay un sentimiento de recelo mutuo cuando uno afirma, por ejemplo, que “los egipcios, los marroquíes, los tunecinos y los argelinos son africanos”. Tal afirmación pone las uñas sentimentales de punta porque, por una parte los unos dirán que pertenecen al “mundo árabe” y por otra los otros se apresurarán a decir que “ellos no son africanos”. Pero también existe el reverso de la misma moneda, es decir los que afirman con rotundidad que “aquellos no son africanos porque son árabes”. Cuando uno afirma que “los egipcios son africanos” está afirmando una verdad geográfica, pero sabemos que las palabras tienen el significado que estemos dispuestos a darles. Muchas veces cambiamos el contenido de las palabras a nuestro capricho, exhibiendo el abanico de nuestras propias ideologías. Ese lenguaje de “nosotros” y “ellos” es muy elocuente a la hora de examinar los pliegues del antagonismo religioso entre “árabes y africanos”.

Es conveniente recordar que siempre ha habido una desazón general con respecto a “los árabes” en el ideario común de los diferentes pueblos del África sub-sahariana. La causa principal es que a los árabes se les identifica no solamente con el Islam, sino principalmente con la trata y esclavitud. Ese es un escollo que ni las subvenciones, ni las ayudas financieras de los países árabes, ni el islamismo radical han llegado a ahuyentar y menos borrar. Hay otras razones de tipo étnico, comercial, religioso y cultural que muestran ese enfrentamiento continuo. Se está desempolvando hoy en día el viejo concepto de que África, norte y sur, este y oeste, tiene que ser únicamente musulmana. Resulta difícil en la mentalidad de los pueblos africanos pensar que hay estados árabes, en particular en referencia al Oriente Próximo, en los que viven comunidades cristianas que datan de antes de la llegada del Islam. Las demarcaciones territoriales y culturales no coinciden necesariamente con los confines de las comunidades cristianas o musulmanas.

DIVISIONES DEMASIADO PRECIPITADAS

De nuevo la generalización: “los países del norte de África son musulmanes y los países del sur de África son seguidores de las otras religiones: animista, musulmana y cristiana”. El término ‘animista’ no parece gustar a muchos, que prefieran usar los términos de “religión tradicional”. Esa división tan común y popular entre “el norte musulmán” y “el sur animista, musulmán y cristiano” ha impedido una visión histórica y realista de la presencia de cristianos indígenas en un país como Egipto. El cristianismo estaba ya implantado en Egipto antes de la llegada del Islam en el siglo VII d.C. Este dato histórico puede disipar muchas dudas en la actual coyuntura  política e institucional. En la nueva Constitución de la República Árabe de Egipto no hay espacio institucional ni garantías constitucionales para los cristianos, ciudadanos de un mismo Estado como los musulmanes. No es solamente una cuestión de libertad religiosa sino de reconocimiento e igualdad de los derechos y libertades de todos los ciudadanos.

No es mi deseo levantar ampollas, fomentar la polémica o exacerbar los espíritus, sino indicar sencillamente que las divisiones religiosas generalizadas en el continente africano no dejan ver, percibir y examinar las realidades históricas actuales. No nos hemos acostumbrado todavía a hablar con entera libertad de los cristianos en los países árabes del África del norte. En los oídos de muchos suena como una afrenta indeseable a la dignidad de las poblaciones. Es interesante subrayar el hecho de que en el momento de la independencia de la República del Sur Sudán, el 14 de febrero de 2011, se propagó la idea de que ahora “el norte del Sudán” es musulmán y “el sur del Sudán” es cristiano y animista”. Tales enunciados pueden servir de titulares de prensa, pero no corresponden a la realidad de la historia. En las regiones del norte hay comunidades cristianas que, valga la ocasión para decirlo, sufren la ideología islamista porque territorio y población deben ser musulmanes. Si no lo son, se aplica la ley islámica (chari‘ia), se imponen severas condiciones para la libertad religiosa de los cristianos. O lo que es peor, se les obliga a convertirse al Islam o a abandonar el propio país.

IDENTIDADES EN CONTEXTOS AFRICANOS

Cada país africano cultiva su propia identidad nacional con la ayuda de sus fronteras, sus recursos, su forma de gobierno y sus tradiciones. Pueda ser que todo esto tenga la apariencia de uniformidad, pero lo cierto es que la geografía física y los espacios territoriales han condicionado de manera directa la evolución histórica y cultural, por no decir lingüística y religiosa, de cada nación independiente. Los países africanos son muy conscientes de la importancia de las fronteras geográficas y de los lindes territoriales. Este importante aspecto de África tiene que ver directamente con la gestión de los recursos naturales: agua, minerales, tierras, petróleo, pesca. Sin embargo, el conflicto del último año en el norte de la República del Malí pone en evidencia la dificultad de mantener las fronteras cuando los elementos tribales, las percepciones culturales y las ambiciones hegemónicas entran en juego. Es verdad que se han dado las condiciones y circunstancias del derrocamiento de Muammar El Ghaddafi en Libia, que ha tenido como consecuencia el tráfico de armas que ha contribuido a la sublevación de los tuareg y a la acción invasora de los grupos islamistas. Pero también es verdad que las reivindicaciones de los tuareg llevaban mucho tiempo en ebullición hasta que ha llegado el momento oportuno. Se han dado las condiciones geopolíticas para exigir al gobierno del Malí la independencia territorial de Azawad con la ayuda propulsora de los movimientos yihadistas. La intervención militar francesa ha troncado los sueños independentistas de los tuareg y la avanzada yihadista de Ansar Dine. Pero hay algo de más relevancia: se ha dañado y fragmentado el tejido cultural y religioso de los musulmanes y de los cristianos. Los primeros han sido testigos de la brutalidad yihadista de quienes han sembrado el terror, diseminado la violencia y obligado a la población musulmana a huir para salvar sus vidas. Los cristianos han sido discriminados y perseguidos, sus lugares de culto profanados y destruidos. Han tenido que refugiarse fuera del país y en muchos casos han sido los musulmanes los que han protegido, ayudado y recibido a los cristianos en sus propias casas.

CUESTIÓN DE TERMINOLOGÍA APROPIADA

La terminología “mundo árabe”, tan utilizada en los medios como en libros y revistas, es anacrónica, obsoleta y confusa. Lo mismo podríamos decir de los términos “mundo africano”. Cada país del continente africano, del norte o del sur, ha construido su propia identidad nacional con cuatro elementos esenciales: territorio geográfico, sistemas de gobierno, lengua nacional/nacionales y tradición cultural y religiosa. De aquí brota la necesidad de examinar, analizar y documentar lo que ocurre en cada país cuando hablamos de Islam y Cristianismo. Porque la realidad nos dice que iglesias cristianas, comunidades musulmanas y sociedades animistas viven en el mismo Estado, regido y gobernado por una legislación escrita. En los estados modernos africanos la referencia legal que se aplica a todos los ciudadanos en principio es la misma. Sin embargo, en la práctica, el tira y afloja cultural y religioso sigue airoso y vigente con sus guerras, conflictos y malentendidos. Ya no solo entre iglesias cristianas y comunidades musulmanes, sino también en el interior del Cristianismo y del Islam.

FRAGMENTACIÓN CRISTIANA

La proliferación de sectas de etiqueta cristiana, grupos de inspiración islámica y movimientos yihadistas puros y duros, han causado un desequilibrio total en muchos países, regiones y áreas del continente africano. El fundamentalismo cristiano de la Armada Resistencia del Señor (LRA en su sigla en inglés) de Joseph Kano, de la tribu de los Acholi, ha hecho estragos en las poblaciones de Uganda, Sudán, RD del Congo y la República del Congo. Con sus reivindicaciones territoriales, demenciales arrebatos místicos  y alianzas militares. Ciertamente el movimiento LRA no es un ejemplo de “caridad cristiana”, ni tampoco de convivencia africana y menos de libertad civil. Han surgido toda clase de charlatanes, profetas, futuristas y líderes inspirados de alguna manera a la fe cristiana. Muchos han abandonado las diferentes iglesias a las que pertenecían para convertirse en jefes supremos de sus comunidades, en mandarines incontestables de sus grupos y en predicadores del arrebato y la exaltación.

Los movimientos de los predicadores evangélicos en Europa y Estados Unidos siguen teniendo una influencia directa en los diferentes países africanos. Bien con la presencia de conocidos predicadores o con la difusión de la literatura, los videos y la propaganda religiosa. Con frecuencia los predicadores han levantado la polvareda de la polémica y de la controversia a propósito del Islam. No han faltado los enfrentamientos con los jefes y representantes de las religiones tradicionales. Las divisiones, los cismas y el desmembramiento de las comunidades cristianas son un hecho al que no parece que se le reserva toda la atención necesaria en términos de su proyección social, cambios doctrinales e influencia política. Muchos de los nuevos grupos cristianos están liderados por antiguos catequistas, pastores y maestros. En la mayoría de los casos su formación es básica, pero saben utilizar con destreza y manejar con desenvoltura los textos de la Biblia. Los coros, acompañados de instrumentos musicales, hacen casi siempre parte de la transmisión del mensaje, de la predicación y de las reuniones comunitarias de oración.

FRAGMENTACIÓN MUSULMANA
 
La clásica división entre musulmanes sunníes y chiíes está superada en África por tres motivos. El primero es el desarrollo contemporáneo de diferentes tendencias dentro de cada una de esas formaciones doctrinales. El segundo motivo es el hecho de que las corrientes modernas de pensamiento islámico en África subrayan diferentes aspectos tanto del sunnismo como del chiísmo. La tercera razón tiene que ver con el islamismo radical que se ha colocado fuera del Islam tradicional africano, que durante siglos ha visto la integración de sus propios ingredientes culturales en la expresión de la fe musulmana. A esas tres razones podemos añadir las diferentes versiones del Islam político, cuyo objetivo principal es acaparar el poder institucional, imponer la legislación islámica y construir la sociedad musulmana. Quizás el Islam político sea uno de los grandes retos que tienen las sociedades africanas en la actualidad. La lucha por el control del Estado está en el centro de debate político, cultural y religioso del Islam en los estados independientes del continente africano. El problema reside en el hecho de que el Islam político une fuertemente la sociedad musulmana al territorio. Por ejemplo, hace algunos años los musulmanes de Nigeria introdujeron la ley islámica (chari‘a) en algunos de los estados del norte del país. La razón primordial es que los consideran tierra del Islam. Los movimientos islamistas han sacado sus propias consecuencias aludiendo que sólo el culto del Islam debe estar permitido. De ahí vienen la prohibición de otros cultos, los ataques violentos contra lo símbolos cristianos (iglesias, capillas, etc.) y la yihad para liberar la tierra musulmana de la presencia de los infieles. Es decir de aquellos que no son musulmanes. El sacerdote católico Evarist Mushi fue asesinado el pasado 17 de febrero en la isla de Zanzíbar, territorio nacional de Tanzania. Se acercaron dos jóvenes y le dispararon a bocajarro en el umbral de la iglesia. Los islamistas que militan en el movimiento yihadista Wamsho (resurgir, despertar, revivir) se han apresurado a pedir públicamente que “todos los sacerdotes católicos deben abandonar Zanzíbar porque es tierra del Islam”. Las juventudes islamistas en Somalia, conocidas con el nombre de al-Shabbab reivindican continuamente que el Cuerno de África es tierra del Islam.

Del frente del Islam también se experimentan tendencias radicales, influencias extranjeras e interpretaciones sectarias del Islam. Han comenzado sistemáticamente, desde hace algunos años, las guerras territoriales de los milicianos musulmanes que pretenden imponer por la fuerza su particular versión del Islam y aplicar la ley islámica (chari‘a) en sus interpretaciones más intransigentes. Todo ello tiene como objetivo la implantación de una sociedad musulmana, tanto en su legislación y principios como en el gobierno e instituciones. Por lo tanto lo primero que hay que hacer es desarraigar la fe cristiana y desenraizar las iglesias cristianas. Esto ha ocurrido en la República del Malí con la destrucción sistemática de las capillas, iglesias y símbolos cristianos. Hasta el Centro Católico de Gao pasó a convertirse en la sede central del movimiento yihadista Ansar Dine cuyas huestes, combatientes y milicianos proyectaron la islamización del país. Se impone la necesidad de hacer dos observaciones a este respecto. La primera tiene que ver con la intervención militar francesa y la presencia de fuerzas militares de algunos países africanos. Musulmanes, cristianos y animistas en Malí consideran a los franceses como liberadores de la tiranía, la violencia y la furia de los islamistas radicales. Los ideólogos olvidan que miles de malienses han tenido que abandonar sus pueblos y aldeas, han dejados sus tierras y casa para huir de los yihadistas. Miles se han refugiado en el vecino Mauritania para escapar de una muerte segura. Abundan los testimonios de musulmanes y cristianos que han presenciado el oleaje violento del islamismo radical. Las poblaciones del Malí llevaban meses esperando la llegada de las tropas francesas para ser liberadas de la zarpa islamista de grupos terroristas que durante meses habían sembrado el terror, la muerte y el odio. La segunda observación digna de mención es la actitud que los musulmanes malienses han demostrado hacia las minorías cristianas. Les han apoyado y ayudado, porque ambas comunidades se han sentido amenazadas, han sufrido violencia y han sido perseguidas por las bandas terroristas que dicen inspirarse en el Islam para implantar el Islam de las corrientes salafistas. 

EL AUGE DEL ISLAMISMO RADICAL

En los últimos 20 años se ha ido desarrollado en muchos países africanos el radicalismo islámico en sus aspectos más sectarios, intransigentes y extremistas. Es la lucha armada contra las prácticas de las cofradías musulmanas y contra los infieles, los cristianos en primer lugar. El movimiento islamista de al-Qaeda, la intransigencia de las corrientes salafistas y el vendaval de las revoluciones en los países árabes han dado al Islam, sobre todo en África occidental, un ímpetu cada vez más radical y agresivo, una impronta más legal y puritana. Los movimientos islamistas propugnan el combate armado para la creación de estados en los que predomine solamente la ley islámica (chari‘a) y se imponga y establezca la religión musulmana como única referencia política y religiosa, cultural y religiosa.

El yihadismo radical propulsado por movimientos como AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico), Ansar Dine (Mali), Ansar al-Islam (Sudán, Kenya, Chad), Ansar al-Shari‘a (Libia, Túnez, Mali), Al-Shabbab (Somalia), Boko Haram (Nigeria), Jamaat al-Ansaru al-Muyahidine (Nigeria), se está enraizando con celeridad y adquiriendo cada vez más fuerza en contextos geográficos, culturales y nacionales muy diversificados en África. Todos los  grupos islamistas tienen un denominador común: implantar el Islam con la ayuda de la yihad o el combate armado. Sabemos que la yihad significa también el combate espiritual, pero no nos confundamos: para los interlocutores y portavoces del islamismo radical la empresa de la yihad es la lucha armada para extender lo que tradicionalmente viene definido en las ciencias islámicas como Dar al-Islam (El Dominio del Islam) en contraposición a Dar al-Harb (El Dominio de la Guerra).

AL QAEDA Y SUS PLANES

Esa dimensión transnacional e internacional del radicalismo islámico va siendo desarrollada por Al-Qaeda y sus filiales en África. Desde los años ’80 el movimiento de Al Qaeda, fundado por Osama Bin Laden (1957-2011), comenzó a infiltrarse y a asentar sus bases en diferentes países de África: Chad, Sudán, Somalia, Kenya, Tanzania. Más tarde lo haría a través de franquicias en Argelia, Chad, Malí, Mauritania. Los atentados terroristas de Dar es Salaam (Tanzania) y Nairobi (Kenya) en julio de 1998 abrieron los ojos a una dura e irrefutable realidad: Al Qaeda había construido sus células de terror en África oriental. Solamente en Nairobi murieron 200 personas, la mayoría ciudadanos de Kenya. La alarma fue generalizada, pero es ahí donde el terrorismo islamista dejaba claras sus intenciones: golpear los intereses occidentales en África, combatir la presencia de los cristianos y fomentar el islamismo radical.

La situación de caos, incertidumbre y malestar en Somalia servía de refugio, adiestramiento y cobijo para los terroristas de Al Qaeda. Se habían roto de noche a la mañana los años de convivencia y respeto entre las iglesias cristianas y las comunidades musulmanas. En los años sucesivos lugares de culto cristiano en Kenya fueron atacados, saqueados y quemados. Esos ataques no han cesado y se han multiplicado en otros países del continente africano: Sudán del Norte, Malí, Egipto, Tanzania, Nigeria, Kenya. Uno de las acciones terroristas más despiadada fue llevada a cabo en la ciudad de Garissa (Kenya) a finales de junio del 2012. El balance fue de 15 muertos en el edificio de la Inland Church de Kenya. Los cristianos fueron ametrallados mientras salían del culto dominical. Esta malvada táctica es también la utilizada por los milicianos de Boko Haram en sus numerosos y sanguinarios atentados en Nigeria.

El movimiento terrorista de Al Qaeda tiene objetivos muy precisos en cuanto a los cristianos se refiere: combatirlos con todos los medios a disposición. Esa guerra ya fue declarada por Bin Laden en su tristemente famoso Documento del 23 de febrero 1996 que llevaba por título “Declaración de guerra contra los americanos, los judíos y los cruzados”. A partir de esa fecha conocemos bien la cadena de atentados perpetrados en el mundo y que llevan el sello de Al Qaeda, comenzando por el atentado del 11-S contra las Torres Gemelas en New York. El proyecto de Al Qaeda con sus docenas de células en los diferentes países africanos tiene tres objetivos. El primero es combatir los gobiernos nacionales e imponer un gobierno islamista. El segundo es acelerar las campañas yihadistas contra las comunidades cristianas. El tercero va enfocado contra las comunidades musulmanas que no aceptan sus reglas de juego de Al Qaeda. Es evidente que toda la planificación de Al Qaeda va en detrimento de las comunidades musulmanas y daña su propia vida interna.

ISLAMISMO Y CONTROVERSIA

La historia contemporánea de los países africanos demuestra que el fundamentalismo religioso de sello islamista ha echado raíces profundas y se va extendiendo cada vez. El fenómeno que hace algunos años estaba localizado en países como Sudán, Nigeria y Somalia, ha ido creciendo y extendiéndose en la mayoría de los estados africanos, aunque muchas veces no se hable de ello. A nivel histórico podemos decir que la instauración de la República Islámica de Irán en 1979 contribuye directamente al renacer del Islam radical en África subsahariana. En los años ’80 comienzan las diatribas más acaloradas, los desafíos más radicales a los gobiernos civiles y los retos doctrinales a las iglesias cristianas. Son particularmente activos los grupos que militan bajo el nombre de “Predicadores del Islam”. Enseñan en las plazas, en las estaciones de autobuses, en las calles, en los mercados. Son misioneros musulmanes itinerantes que se desplazan sin estar necesariamente en relación con una mezquita, centro o escuela. Atraviesan fronteras, son invitados a encuentros, seminarios y conferencias. Comienzan a usar las técnicas de los videos, que causan furor, expectación y entusiasmo en la población. Con frecuencia el video viene proyectado al aire libre y comentado por el predicador o los predicadores. Pero lo importante de ese fenómeno es el haber sacado la predicación y la enseñanza del Islam de los lugares tradicionales de culto como son las mezquitas.

El gran promotor de ese movimiento es Ahmed Husein Deedat (1918-2005), el famoso y legendario predicador sudafricano de origen indio. Escribió numerosos panfletos, predicaba en la televisión, grabó videos, viajó por muchos países invitado por las comunidades musulmanas. Era la voz institucional fuera del contexto de las mezquitas y los centros culturales. Emuló la actitud e imitó la predicación del Ayatolá Khomeini (1904-1989) que nunca predicó en una mezquita después de su regreso a Teherán el 2 de febrero 1979. A. H. Deedat amaba la controversia, buscó siempre la polémica y llegaba a poner en ridículo las creencias de los cristianos. Uno de sus objetivos principales era ofrecer a los musulmanes las buenas herramientas para combatir la labor, la predicación y la presencia de los misioneros cristianos. En muchas ocasiones se A. H. Deedat se enfrentó con ellos. Las iglesias locales y las asambleas cristianas habían comenzado ya a utilizar los videos para la enseñanza, los debates y también el recreo. Tanto los predicadores musulmanes como los cristianos contribuyeron a aumentar el número de grupos disidentes, a diseminar más la actitud polémica en temas doctrinales que a progresar en la convivencia y a mejorar el entendimiento. La influencia de los predicadores, sean musulmanes o cristianos, ha dado una dimensión pública a la religión, a las creencias y al credo religioso.

PRINCIPALES OBJETIVOS DEL RADICALISMO ISLÁMICO

Son cinco los objetivos principales de todos los grupos islamistas que militan en la expansión del yihadismo radical en los países africanos.

Primero, la toma de poder de las instituciones del Estado, sea a nivel local, regional o nacional para establecer un Gobierno Islámico. Los grupos islamistas, en sus diversas versiones e interpretaciones, saben que la llave que abre las puertas de la islamización continua y progresiva es hacerse con el poder estatal. Desde las instituciones es posible implantar, fomentar y consolidar el Islam como ellos lo entienden. La interpretación del Islam que los grupos yihadistas hacen del Islam choca con el Islam tradicional africano. La convivencia entre cristianos y musulmanes ha sido uno de los factores principales de paz y estabilidad en los países africanos. Allí donde ha crecido el sectarismo religioso, el islamismo radical y la actitud persecutoria de los cristianos, como en Sudán y Nigeria, han llegado los conflictos intermitentes, la quema de capillas y lugares de culto, la destrucción de pueblos, la caza al cristiano. Los movimientos radicales y violentos, como Boko Haram y Jamaat al-Ansaru al-Muyahidine en Nigeria han causado estragos en las comunidades cristianas, se han enfrentado a las autoridades civiles y han desafiado a las autoridades musulmanas del país.

En segundo lugar, la implantación del Islam sunní en su versión más intransigente y puritana como religión oficial y subyugar por la fuerza las poblaciones locales de otras religiones. Los yihadistas pretenden extender el dominio del Islam (Dar al-Islam) a todos aquellos que practican, profesan o se adhieren a otra religión. Poco importa si es cristiana, animista o tradicional. Lo importante es “pasar el rodillo islamista” para imponer el yugo de la ley islámica (chari‘a) a todas las poblaciones. Para sus dirigentes las otras religiones no pueden convivir con el Islam en régimen de paridad. Esto significaría la victoria de los infieles (cristianos y judíos en primer lugar) y la derrota de los creyentes (los musulmanes). El modelo es la Arabia Saudí donde el Islam reina e impera. Los signos, símbolos y prácticas de otras religiones están prohibidos en la tierra sagrada donde nació el Islam. No cabe la menor duda que las influencias salafista y wahhabí están muy presentes en África desde hace ya muchos años. Bastaría pensar en la influencia que han tenido en la celebración de los ritos funerarios. Lavar el cadáver, curar las escarificaciones étnicas, respetar el cuerpo del difunto, preparar el entierro, dar el pésame, etc. han sido la norma tradicional en las sociedades africanas de toda afiliación religiosa. Con la llegada de la doctrina wahhabí el cadáver debe ser enterrado lo antes posible para así evitar que se convierta en un objeto de culto y veneración.

En tercer lugar, los grupos islamistas ofrecen la propia interpretación del Islam, seleccionan las leyes que deben ser promulgadas a la luz de la propia interpretación de la chari‘a o ley islámica y las normas que deben ser aplicadas a todos los que viven en el territorio. No con la aprobación de una legislación parlamentaria o de un voto democrático, sino con la fuerza y el privilegio que les da el considerarse intérpretes del Corán y del Islam. Este aspecto es un fiel reflejo, una vez más, de la prohibición de toda práctica religiosa en Arabia Saudí que no sea musulmana y además de cuño sunní wahhabí. Pero cabe preguntarse la opinión y el parecer de los sabios juristas saudíes si se vieran confrontados por los hechiceros africanos que piden lluvia del cielo con ritos y ceremonias. Porque hace apenas una semana el Rey Abdallah pidió que se hicieran rogativas y elevaran oraciones para pedir que “Allah enviara la lluvia sobre las tierras del Reino”. Tradiciones y costumbres, usanzas y ritos, son parte integrante del tejido cultural y religioso sobre el que reposa y se apoya tanto la fe cristiana como la fe musulmana. Todo depende del grado de integración, asimilación y osmosis.

En cuarto lugar, el islamismo radical se propone purificar el Islam, es decir combatir las cofradías musulmanas, destruir las tumbas y los mausoleos de los santos, derribar las mezquitas consideradas heterodoxas. La marea iconoclasta es una de las marcas del Islam wahhabí. La veneración de los santos es considerada como una desviación (bid‘a) de la senda de la ortodoxia y de la verdad. Los milicianos de Ansar Dine han atacado con azadones, picos y palas las mezquitas y los mausoleos de la legendaria ciudad de Tombuctú. Pero ya lo hicieron con anterioridad los milicianos islamistas de al-Shabbab en Somalia. Profanaron con rabia y destruyeron sistemáticamente las tumbas de santos musulmanes en territorio somalí. Dijeron que eran una ofensa al Islam y un agravio a los musulmanes. Lo cierto es que en Somalia el islamismo radical de las juventudes islamistas ha cancelado para siempre una parte fundamental de la historia del Islam  en el Cuerno de África. Según la doctrina wahhabi, que es la forma oficial del Islam en Arabia Saudí, toda manifestación del misticismo musulmán y los lugares de peregrinación a tumbas y mausoleos de santos, son una desviación peligrosa y una manifestación herética del Islam. Por eso, según el credo wahhabí, hay que luchar contra todo aquello que ponga en peligro la fe auténtica del creyente musulmán.

En quinto lugar, imponer la educación islámica, centrada principalmente en la memorización del Corán, y prohibir el uso de los textos que proyectan una educación secular de sello occidental. Eso es lo que proponen los jerifaltes islamistas de Boko Haram ((Prohibida la educación occidental) en Nigeria. Aquí se enfrentan, a nivel educativo, el Islam y la Modernidad.

EL SÍNODO PARA ÁFRICA

El domingo día 4 de octubre de 2009 Benedicto XVI inauguraba el Sínodo para África con una Misa solemne en la Basílica de San Pedro. Me parecieron excepcionales las palabras de su alocución en la apertura del Sínodo:

“Cuando se habla de los tesoros de África, se piensa inmediatamente en los recursos de su rico territorio, que desgraciadamente se han convertido y continúan siendo motivo de explotación, de conflictos y de corrupción. En cambio, la Palabra de Dios nos muestra otro patrimonio: el espiritual y cultural, del cual la humanidad tiene aún más necesidad que el de las materias primas” (Benedicto XVI 04/10/2009).

El último Sínodo africano tuvo lugar también en Roma en 2009. En aquella ocasión fueron mencionados con frecuencia los valores de la cultura africana y diversos aspectos de las religiones tradicionales que encuentran un eco en la doctrina cristiana. Pero en aquella ocasión la Iglesia reconoció que no había entablado un diálogo oficial con las religiones tradicionales.

Los debates sinodales del 2009 estaban centrados en el tema: “La Iglesia en África al servicio de la justicia, la reconciliación y la paz”. No nos equivocamos al decir que el continente africano está sumido en la pobreza y se hunde en la miseria. Destrozado por las guerras, agarrotado por los conflictos, maltrecho por las enfermedades. En un cierto sentido es como si África permaneciera en el olvido, al margen de las preocupaciones globales, sentenciada a continuar siendo esclava. Porque los valores de la libertad, de la democracia y de los derechos humanos no pueden brotar allí donde el hambre, la violencia y la indigencia pisotean la dignidad de hombres y mujeres, de ancianos y niños. Hay demasiados tiranos, caciques y mandamases en los países africanos. Es la acusación más común en boca de los africanos. Lo dicen, sin pelos en la lengua, los ciudadanos de las naciones africanas que huyen de sus poblados con las ganas de una vida mejor. Están dispuestos a afrontar travesías inhumanas, humillaciones impensables y amenazas criminales. En camiones, a pié, en pateras. El continente africano está perdiendo a miles y miles de jóvenes que se han convertido en vagabundos y emigrantes en búsqueda desesperada de trabajo, de comida, de techo. Desarraigados, rotos por dentro, con el aguijón del dolor. Lo que es peor, la penuria y la desesperación hace que muchos jóvenes encuentren en el adiestramiento a la guerrilla o a la piratería la única solución a sus vidas desgarradas.

África posee recursos ingentes de tierras, aguas y minerales. Pero “África se vende”. Triste y desgraciadamente. Los gobiernos de Angola, Camerún, Congo RD, Etiopía, Ghana, Madagascar, Mozambique, Tanzania, Uganda y Zimbabwe están vendiendo sus tierras y ofreciendo sus terrenos al mejor postor. Todo a cambio de inversiones en energía e infraestructuras. Las gentes y pueblos de África lloran y sangran. De nuevo se vuelve endémica la corrupción, se hacen fuertes los dictadores, se inflan las posesiones de los poderosos. Va creciendo de manera descomunal la distancia entre ricos y pobres. Los que poseen todo: el poder político, la llave de los recursos naturales y los medios de distribución. Estos van dejando caer solo las migajas de sus abarrotadas mesas. Y después están los que no tienen nada. Los pobres, los desheredados, los hambrientos, los enfermos, los huérfanos, las viudas, los refugiados, los perseguidos, los abandonados.

No nos equivocamos al decir que África está agarrotada, herida, enferma, maltrecha. Esclavizada por los suyos y por los de fuera. El grito del Cardenal Carlos Lavigerie (1825-1892) pidiendo hace 125 años que se rompieran las cadenas de la esclavitud, tiene una dramática vigencia en nuestros días. Hablar de esclavitud no es presentar una película de horror. No es tampoco un romance con suspense ni una historia con una carga explosiva de pesimismo. Esa es la realidad dura y cruel en la que viven millones de africanos. Sin embargo, hay esperanza y optimismo. Porque siempre que hablamos de seres humanos la última palabra la tiene la humanidad y la vida de cada persona. Por eso es necesario que esa vitalidad de la Iglesia sea un cauce de justicia, de paz, de reconciliación. La Iglesia está llamada a traducir en acción el mensaje del Evangelio. La fe cristiana sin obras es una fe muerta e inerte. Es como la luz puesta debajo del celemín o la sal que se ha vuelto insípida. La luz ilumina, la levadura fermenta, la sal sazona. Como siempre el árbol se conoce por sus frutos. Los cristianos africanos son la nueva savia de renovación humana y espiritual. El Sínodo para África se convirtió en una llamada  urgente para que las Bienaventuranzas fueran una nueva alba en el continente africano. Un desafío de vida o muerte. No sólo en África sino también en cualquier parte del mundo.

BENEDICTO XVI EN BENÍN

El lema de la República de Benín, que Benedicto XVI visitó en su segundo viaje apostólico a África en noviembre de 2011, recita: “Hermandad, Justicia, Trabajo”. Todo un eslogan político y civil, económico y cultural. A ese horizonte luminoso se asomó el Papa cuando habló de liderazgo político, de responsabilidad civil, de solidaridad humana. Un mensaje que iba dirigido no solamente a las comunidades católicas del Benín, sino también a los líderes políticos y religiosos del continente africano. Una voz clara, solidaria y valiente para hablar del potencial humano de África y del testimonio de los cristianos a favor de la justicia, de los derechos, de la dignidad, de la libertad. El mensaje de Jesús traducido y encarnado en las sociedades africanas. El viaje del Papa peregrino en tierras africanas fue como un grito de esperanza en un mundo que parece vivir distraído.

Queda mucho trecho por recorrer cuando se habla de “justicia”, viendo la zarpa indigna de la corrupción tan extendida y enraizada. Los tentáculos de los corruptores, tiranos y dictadores impiden el desarrollo, pisotean los derechos humanos y ahogan las libertades civiles. La avaricia de los corruptos no conoce límites ni condiciones. Oprime, esclaviza, amarra a la indignidad visceral de los que utilizan los seres humanos para su propio uso y consumo. Porque la corrupción asienta una puñalada feroz en el alma humana.

Es largo el camino cuando se habla de “trabajo”. Millones de africanos se ven obligados a abandonar sus familias, pueblos y aldeas en busca de una vida más digna. Huyendo de la pobreza, dejando atrás la miseria, soportando el hambre. No todo es fácil cuando se atraviesan países, se recorren regiones, se sube uno a pateras destartaladas. ¡Cuántas vejaciones, dramas y sufrimientos!

Y por qué no hablar de “hermandad”. Es muy fácil debatir sobre la solidaridad humana, la cooperación internacional y la ayuda humanitaria. La crisis actual nos impide muchas veces ver más allá de nuestro espacio personal o percibir lo que pasa lejos de nuestras propias fronteras. Por otro lado también los vaivenes y sacudidas de la economía están abriendo nuestros ojos a realidades crudas, duras y escalofriantes de nuestro mundo.

En Benín las creencias, los ritos y las prácticas voodoo tienen gran arraigo histórico. En sus discursos el Papa no evitó referirse a la magia y la brujería, como obstáculos presentes, peligros constantes y vías reales que, lejos de liberar, lo que hacen es esclavizar el ser humano.

LA LLAMADA “PRIMAVERA ÁRABE”

Con las revoluciones nacionales se han abierto las compuertas de las libertades civiles, de los derechos humanos y de las democracias constitucionales. Los movimientos de inspiración islamista (gobierno islámico y ley islámica) desafían frontalmente la concepción y el futuro del Estado de las formaciones políticas que optan la separación de poderes. Los partidos políticos de inspiración islamista como Ennahda (“El renacimiento” en Túnez), al-Nour (“La luz” en Egipto), el Partido Libertad y Justicia (inspirado por los Hermanos Musulmanes en Egipto) y el Partido Justicia y Desarrollo (Marruecos) buscan por todos los medios dominar las instituciones e implantar un Gobierno Islámico. No faltan las protestas de quienes ven que la revolución ha sido secuestrada por los islamistas, dejando de lado a las formaciones liberales que reclaman más democracia, más libertad y más derechos. Miles de africanos cristianos y musulmanes han abandonado Libia debido a la guerra. Miles de trabajadores africanos se vieron vilmente despojados de sus pertenencias cuando abandonaron Libia y cruzaron la frontera con Túnez. Los aduaneros libios no tuvieron ninguna dificultad en aludir que “vinieron sin nada y sin nada se tienen que marchar”. Ese deplorable hecho histórico ha exacerbado todavía más los ánimos de las comunidades africanas en la contienda, roces y desafíos culturales con los árabes. Pero los africanos saben muy bien que los países árabes del África del norte han utilizado los emigrantes y las pateras como moneda de cambio cuando se trataba de hacer negocios o presionar políticamente a países como Italia. Han conocido y conocen los pliegues ocultos de la esclavitud en sus diferentes modalidades contemporáneas: prostitución, malos tratos, secuestros, penuria, indigencia. En la emigración, y a su paso por los países del Magreb, cristianos y musulmanes africanos se han encontrado en la misma situación de incertidumbre, abandono y peligro. La llamada “primavera árabe” ha venido a incrementar todavía más el sentimiento de desconfianza generalizada. La amarga, inolvidable y dolorosa experiencia del Malí ha incrementado todavía más el desasosiego cultural y el malestar político entre árabes y africanos.

LA TRADUCCIÓN DEL CORÁN EN LENGUAS AFRICANAS

Los paladines de la tendencia mística y espiritual del Islam se han opuesto con vivacidad y sin titubeos a toda traducción del Corán en las lenguas locales africanas. La traducción desvelaría los secretos del Corán, abriría la puerta de las interpretaciones más dispares y reduciría el misterio del texto a lecturas puramente humanas. Los defensores de las traducciones del Corán aducen diferentes motivos, argumentan de forma diversa. Primero, la necesidad imperiosa de que los musulmanes africanos conozcan el Corán, texto fundamental de la religión que profesan. Esto no quita nada al misterio de la revelación ni tampoco al origen divino del texto sagrado. Segundo, los musulmanes africanos corren el peligro de memorizar y repetir el texto en lengua árabe sin que realmente entiendan lo que leen y comprendan lo que recitan. Tercero, lo importante y esencial no es centrarse en la lengua árabe a pesar de su importancia, sino en el significado y en la comprensión del texto. Uno de los pensadores y escritores musulmanes más famosos y prolíficos de África, Abdullah Saleh al-Farsi (1912-1982), denominó a todo ese lioso y complejo proceso de la traducción del Corán en lengua suahili: “sacudir el polvo del colonialismo religioso de los árabes”. Poeta, escritor, teólogo y traductor del Corán, al-Farsi, que conocía en profundidad la lengua árabe, no dudó en poner el dedo en la llaga, suscitando la ira religiosa de las cofradías y provocando un sinfín de polémicas por parte de sus líderes en Tanzania, Kenia, Uganda, África Central, Somalia, Zanzíbar, Mozambique y Sudáfrica.

La lengua árabe tenía un papel fundamental y decisivo en el modelo islámico que se trataba de transmitir en África. Los árabes habían entrado en la historia del mundo con la llegada del Islam. La religión de Allah les había dado cohesión interna, había suplantado la tradición oral por una nueva legislación escrita y había establecido normas comunes para la conducta individual, familiar y social. Todo esto no reemplazaría en ningún momento el significado de la tribu, de la etnia y del territorio. Estos elementos continuarían, y lo están siendo todavía hoy, firmemente anclados y sólidamente enraizados tanto en el individuo como en la sociedad. La lengua árabe jugaba un papel decisivo en la formación, progreso y consolidación de la experiencia espiritual del Islam en las comunidades africanas. El árabe es la lengua de la revelación divina (El Corán) para los musulmanes. Por lo tanto, el árabe no es como las otras lenguas. Es una lengua sagrada y sacrosanta. Este hecho ha dado en la historia una posición privilegiada a los árabes, los cuales han sido escogidos por Dios para formar la comunidad de los musulmanes (umma). Por eso los árabes se sienten religiosamente bendecidos e históricamente privilegiados. Los maestros musulmanes eran los personajes religiosos clave. Por una parte eran los que sabían leer el Coran en árabe, tenían conocimientos básicos o profundos del Islam y enseñaban en las escuelas coránicas. Eran ellos los que interpretaban los textos, comentaban el credo musulmán y transmitían las normas de comportamiento. El “modelo árabe” era el que predominaba ya que marcaba las pautas a seguir y dictaba las normas legales. De la vestimenta a las fórmulas utilizadas en el culto, de las prohibiciones alimenticias a las normas en materia de derecho matrimonial. Por eso las traducciones del Corán en las lenguas africanas suponen una auténtica revolución cultural a nivel del pensamiento islámico en las comunidades musulmanas. Los creyentes del Islam pueden leer el texto directamente en una lengua que conocen y entienden. La interpretación de los textos ya no pasa exclusivamente a través de los filtros culturales de los maestros que conocen la lengua árabe, sino que los musulmanes pueden leer las revelaciones divinas del Corán directamente. Los musulmanes Ahmadiyya, fundados en Pakistán por Mirza Ghulam Ahmad (1835-1908), son los que más han contribuido a las traducciones del Corán en lenguas africanas.

LA TRADUCCIÓN DE LA BIBLIA

En los comienzos de la misión de la Iglesia en los países del África sub-sahariana los misioneros se encontraron, entre otros, con tres importantes retos. El primero era naturalmente la supervivencia material en condiciones que nunca fueron favorables. El segundo desafío era la comunicación y el aprendizaje de las lenguas locales. El tercer reto era la traducción de los textos bíblicos y los textos de catequesis. Así comenzó ya desde los inicios de la presencia misionera la traducción sistemática de la Biblia en docenas de  lenguas africanas. Esa labor misionera del conocimiento de las lenguas, de las culturas y de las costumbres africanas ha sido fundamental en la misión evangelizadora de la Iglesia a través de la historia del cristianismo en África. La enseñanza de la Biblia ha tomado cada vez más importancia en la preparación de maestros, catequistas y líderes de las comunidades cristianas. Son miles las comunidades cristianas en África que los domingos y días de fiesta celebran la Palabra ya que no tienen la posibilidad de celebrar la eucaristía. Los catequistas siguen siendo los auténticos sembradores de las enseñanzas del Evangelio ya que son ellos los que enseñan a los niños y preparan a los adultos para recibir el bautismo. Siempre me he preguntado si la Iglesia Católica reconoce de manera efectiva la inmensa labor de los catequistas, su continua abnegación y dedicación a la evangelización.

Las diferentes iglesias protestantes (anglicanos, luteranos, adventistas, asambleas, coptos) han dado una gran importancia a la traducción de los textos bíblicos y han creado escuelas en las que pastores y catequistas han seguido cursos de formación bíblica.

En el curso de los años han surgido tres principales problemas en la traducción de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento en África. La primera dificultad era el conocimiento de la lengua africana arropada por proverbios, adagios, dichos, formas de pensar y de hablar. Si la Palabra de Dios debe ser Luz de las Naciones, deben continuar los esfuerzos por mejorar las traducciones de la Biblia con una mejor adaptación a las diferentes lenguas africanas. La segunda dificultad surge cuando la lengua utilizada en la traducción de los textos bíblicos coincide con la lengua considerada sagrada para otra religión como es el Islam. Me refiero al árabe. Cristianos y musulmanes utilizan la lengua árabe como lengua vehicular en la vida ordinaria. Sin embargo, se sirven de textos religiosos, las escrituras, que presentan enfoques diferentes de la fe en Dios y del contenido del credo religioso. Una misma lengua con dos horizontes diversos, Islam y Cristianismo.   

A MODO DE CONCLUSIÓN

En muchas regiones de África la paz y el entendimiento han sido desalojados. Nadie parece encontrar la solución ideal para taponar la violencia que aflora en tantos países del continente africano. La violencia desangra la vida de los que la crean, proyectan y ejecutan. En el campo de las relaciones entre cristianos y musulmanes el reto principal es entenderse y respetarse como un primer paso hacia la convivencia pacífica. El odio destruye la sabiduría humana y envenena el legado cultural y religioso de cristianos y musulmanes en África. El diálogo intercultural e interreligioso entre musulmanes y cristianos ya no es una opción individual y pasajera, sino una necesidad vital y comunitaria para el futuro del continente africano. A pesar de las diferencias, de la diversidad cultural y del pluralismo religioso. A pesar de las guerras y conflictos. A pesar del pisoteo de los derechos y libertades. Sin extremismos religiosos que destruyan la vida, causen muertes y siembren la discordia. Puede ser que parezca un sueño irrealizable, contemplando el panorama actual de muchos países africanos en los que los muros del odio y la violencia han envenenado las relaciones entre cristianos y musulmanes. Pero nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo y continuar el camino que otros han recorrido.


Θ Es miembro de la Sociedad de los Misioneros de África. Arabista, africanista e islamólogo. Trabajó como misionero en Tanzania entre 1969-1974 y 1978-1982. Se incorporó al Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islámicos (PISAI, Roma) en 1983. Fue Director de Estudios y Programas del PISAI (1993-2000) y Rector del PISAI (2000-2006). Profesor

 

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