CAM 4 - COMLA 9: EXPECTATIVAS Y PROPUESTAS
Luis MosconiΘ

INTRODUCCIÓN

El texto que sigue es fruto de un trabajo misionero que desarrollamos en diócesis brasileñas y de algún otro país de América Latina, a partir de 1989. Llamamos a ese trabajo: Santas Misiones Populares (SMP). Para una mejor comprensión de las SMP (qué son, objetivo, metodología, espiritualidad, formación de misioneros) consultar los libros que publiqué en portugués y traducidos en español: Santas Misiones Populares, Ediciones Paulinas, Bogotá; Dar sentido verdadero a la vida, Ediciones DABAR, México, D.F.; La vida es misión, que será publicado en español en 2013.

En ese texto deseo compartir algunas expectativas en relación al noveno Congreso Misionero Latinoamericano, que sucederá en Maracaibo (Venezuela), noviembre 2013. Además de las expectativas coloco también algunas propuestas que me parecen importantes y urgentes para la Iglesia en América Latina y Caribe.

COMPARTIR, PROFUNDIZAR, AVANZAR…

Vivimos en un mundo muy apresado. La tecnología informática favorece esa corrida loca de la vida. Miramos siempre hacia adelante, olvidando con frecuencia lo que pasó, incluso el recién-pasado. Lo que sucedió hace dos o tres años parece que ya se quedó muy lejos y viejo. Elaboramos proyectos y tareas sin terminar lo que se había empezado antes. Se vive la vida sin un hilo conductor, nuestra práctica está fragmentada. Y así caemos en la superficialidad, en un activismo que produce gran estrés. Muchas veces, como reacción, nos acomodamos, viviendo una vida rutinaria, sin asas, cansada. Eso sucede en la sociedad, en la política, en la economía, y también en la vida eclesial.

En noviembre de 2013 se realizará, en Venezuela, el noveno Congreso Misionero Latinoamericano (CAM 4 - COMLA 9). ¿Cómo lo estamos preparando y esperando? ¿Con cuales actitudes? ¿Es un hecho deseado, soñado, o algo suportado? ¿Cae de arriba o es algo que surge como una necesidad desde la marcha de la vida? ¿Lo vemos como un hecho sin un antes y un después o como un momento importante de evaluación del camino de la Iglesia en América Latina y de nuestro compromiso personal pastoral?

Una primera gran expectativa que siento es la necesidad de ‘ubicar, situar’ el COMLA 9 en el momento actual de América Latina. Se trata de hacer una evaluación objetiva de los últimos cinco años, desde Aparecida (2007), siguiendo el método VER – JUZGAR – ACTUAR. Es un método que ayuda a tomar conciencia de la realidad actual y de sus causas, a profundizar, a discernir y a planificar de manera eficaz y concreta. Sin ese método se corre el riesgo de quedarse solamente en discusiones superficiales.

En mayo de 2007, los obispos reunidos en la Conferencia de Aparecida proclamaron: “Asumimos el compromiso de una gran Misión en todo el Continente” (DAp 270), con una finalidad bien clara: “La Misión Continental buscará poner la Iglesia en estado permanente de misión” (DAp 551). El CAM 3 – COMLA 8, realizado en Quito (Ecuador), en agosto de 2008,  lanzó para toda la Iglesia del Continente la MISIÓN CONTINENTAL. Fue una invitación fuerte a todas las diócesis del Continente a poner en práctica las conclusiones de Aparecida, y con urgencia, pues las situaciones sociales, culturales, religiosas lo exigían. Por lo tanto, no se puede separar la Misión Continental de las conclusiones de Aparecida.
Ya se pasaron más de cinco años. ¿Qué pasó en las diócesis del Continente en ese periodo? ¿Qué impacto provocó Aparecida? ¿Cuales avances hubo? Es tiempo de evaluar, de compartir, de profundizar, de discernir… Antes de todo, tenemos que mirar a lo positivo que sucedió, por una cuestión de fidelidad y también de esperanza. Evaluar no quiere decir condenar. Sigamos algunas pistas de reflexión.

Aspectos positivos

  • El documento de Aparecida, en general, fue bien recibido en las diócesis. Ultrapasó hasta las fronteras del Continente.
  • El lema de Aparecida “Discípulos misioneros de Jesús Cristo” se volvió muy conocido, marcó un montón de encuentros y retiros.
  • Libros y artículos fueron apareciendo para profundizar Aparecida.
  • Muchas parroquias y diócesis elaboraron sus proyectos pastorales a la luz de Aparecida.
  • Existen experiencias pastorales misioneras muy significativas, que vienen ayudando a las Iglesias locales a dar pasos valientes para servir mejor a los grandes anhelos de la humanidad.

¡Gracias a Dios! ¿Pero está todo al cien por ciento? ¿Será que está ocurriendo lo que dice Aparecida: “Todas las estructuras eclesiales…con todas sus fuerzas vivas deben entrar en los procesos constantes de renovación misionera y de abandonar las estructuras ultrapasadas que ya no favorecen la transmisión de la fe” (DAp 365)? Por fin, ¿los resultados pos-Aparecida están respondiendo a las grandes expectativas que Aparecida levantó?

Una evaluación sincera y objetiva dice que no. El mismo entusiasmo inicial que Aparecida despertó poco a poco se fue disminuyendo. Aparecida no llegó a todos los rincones del Continente ni a todos los barrios de las ciudades. Las muchedumbres de católicos no han sido impactados por las buenas nuevas de Aparecida. Varias experiencias misioneras se fueron acabando, sin provocar cambios audaces y urgentes. Se habla cada vez menos de Aparecida en las asambleas pastorales. Muchos insisten en ‘relanzar Aparecida antes que desaparezca”.


¿Por qué sucede eso? En mi manera de ver hay varias causas; cito algunas:

  • Las comunidades cristianas no han sido involucradas en el proceso de conocimiento de Aparecida y en la planificación. Casi siempre todo vino de arriba; a los cristianos comunes les tocaba solamente ejecutar tareas.
  • Se dio un enfoque más doctrinal que existencial a la propuesta. A la gente no le interesan tanto las doctrinas y leyes.
  • Misión no es una palabra mágica, no es mercancía, es un gran don, que necesita de convicciones claras y de profunda vivencia mística trinitaria. Mística y Misión son inseparables. Hacen falta las dos en la vida eclesial y en la pastoral.
  • Muchos no quieren cambios pastorales audaces, se quedan solamente en algunas actividades ‘misioneras’.
  • Somos miembros de una Iglesia con larga tradición, de casi 2.000 años. No está fácil poner en movimiento misionero una institución tan antigua, tan compleja y tan diversificada.
  • La misma organización de la Iglesia, todavía aún muy piramidal, donde pocos deciden, no favorece la participación y la corresponsabilidad, tan importante para un trabajo popular.
  • Hay ejemplos encantadores entre el clero (diáconos, presbíteros, obispos), pero muchos – quizás la mayoría - se parecen más a funcionarios de lo sagrado, a distribuidores de ritos, a centralizadores del poder, provocando demasiada burocracia.
  • Una institución tan grande como la Iglesia Católica necesita de una  profunda docilidad interior y exterior a la acción del Espíritu Santo, que siempre renueve. Sin eso, la tradición  deja de ser un valor para volverse una carga pesada.

Esa evaluación es consecuencia de constataciones percibidas en varios lugares de América Latina. La conclusión que se puede sacar es que hubo, sin duda, un despertar misionero, pero hace falta todavía mucho, antes, muchísimo. Sería muy interesante si la presidencia del COMLA 9 propusiera como preparación una buena evaluación en todas las diócesis del Continente y ver una manera para compartir eso en el primer momento del Congreso. Es peligroso, en mi opinión, reducir el Congreso a una serie de conferencias; eso no responde a la urgencia del momento.  
El Congreso deberá desencadenar motivaciones y proyectos pastorales, para seguir adelante con fidelidad y creatividad. El documento de Aparecida no es llegada, no es algo ‘estático’; es punto de partida, siempre, para seguir adelante, abriendo caminos nuevos, en un proceso de conversión permanente.

Dar un enfoque más existencial al lema y a los temas del Congreso

            "América Misionera, comparte tu fe" es el lema del COMLA 9. El tema es: "Discípulos misioneros de Jesucristo desde América, en un mundo secularizado y pluricultural”. Los ejes temáticos son: discipulado, conversión, secularización, pluriculturalidad y misión ad gentes. Tanto el lema como el tema y los ejes temáticos, son muy oportunos. Pueden ser tratados tanto desde el punto de vista doctrinal como existencial. Mi expectativa – y, por los contactos, de muchos agentes de pastoral del Continente – es que el Congreso trate los temas con un enfoque más existencial que doctrinal (pero sin negar eso). Por los siguientes motivos:

  • Las doctrinas, las ideas, las leyes ya no atraen tanto como antes. No llenan de convicciones profundas.
  • El gran desafío de hoy es la cuestión del sentido, del significado: sentido de la vida, del otro, de la muerte, de la sociedad, del trascendente, de la religión. Nunca hubo en la historia de la humanidad tantas posibilidades de placeres enormes como hoy y, al mismo tiempo, nunca hubo tanta decepción y depresión como hoy (consideradas como las enfermedades del siglo XXI). Eso revela una gran falta de sentido.
  • No se trata de cualquier sentido, sino de un sentido verdadero, capaz de responder a las aspiraciones más autenticas de la existencia humana.
  • El sentido verdadero es fuente de felicidad, de realización, de esperanza y de paz.

Algunos ejemplos:

La vida es misión
Cuando se habla de misión en la pastoral, generalmente buscamos luces en los documentos del magisterio, lo que es bueno, pero se corre el riesgo de reducir los destinatarios. Hay que levantar preguntas que lleguen al corazón de todos los hombres y mujeres, como: ¿Misión es solamente para algunos o para todos? ¿Es solamente por algunos días o para siempre? Por fin, ¿de dónde viene esa palabra ‘misión’? Misión viene antes de las religiones, antes de las culturas; significa algo que yo escogí o que me fue confiado y que quiero realizar.

‘Misión’ surge porque no somos perfectos, somos seres en construcción, nos vamos haciendo poco a poco, somos camineros en las estradas de la vida. Para caminar necesitamos de dirección, de objetivos. Somos lo que hacemos y lo que queremos ser. El ser humano es un hacerse permanente. Cuando yo asumo un objetivo y quiero alcanzarlo, es allí que surge la misión: mi misión es alcanzar el objetivo escogido El valor de la misión depende del objetivo que quiere alcanzar; si el objetivo es mezquino, también la misión será mezquina.

La conclusión es muy importante: la misión no es un lujo, algo secundario en la vida, es una necesidad existencial. No se vive sin misión, la vida es misión. Nosotros somos la misión que escogemos. En esa perspectiva existencial la vida adquiere una perspectiva nueva y encantadora, apasionante.

La Iglesia no inventa la misión, es heredera de la misión trinitaria

Otro aspecto que me parece urgente subrayar cuando se habla de misión en la pastoral, es redescubrir la misión trinitaria, plenamente revelada en la persona de Jesús de Nazaret. Ella es fuente inspiradora de la misión de la Iglesia. Se habla del asunto, pero en la práctica hay una tremenda dicotomía entre la misión de Jesús y la misión de la Iglesia. Las consecuencias son muy, muy negativas. Uno de los peores robos de la historia de la humanidad ha sido cometido por las Iglesias cristianas contra Jesús Cristo, cuando quitaron de sus prácticas (o vaciaron su sentido) la construcción del Reino de Dios – el eje de la misión de Jesús – para poner en su lugar otros objetivos muy ambiguos.

Por eso, no hay misión sin discipulado, sin el seguimiento de Jesús. Y no hay seguimiento verdadero sin misión. Todo eso es posible si hay una profunda experiencia mística con la persona y el proyecto de Jesús. Nunca pensar que todo eso ya lo sabemos, que a Jesús ya lo conocemos. Necesitamos de un conocimiento histórico y, al mismo tiempo, místico. En el seguimiento de Jesús siempre descubrimos algo nuevo. Jesús de Nazaret siempre encanta, nunca para de sorprender. Pablo de Tarso, ya con más de veinte años de seguimiento de Jesús y de misión, confesaba: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús…No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continuo mi carrera para alcanzarlo” (Fl 3,8-14). Los evangelios y las cartas de Pablo de Tarso piden y exigen una comunión profunda con Jesús, que acostumbramos llamar de experiencia mística. La misión de Jesús debe ser el eje de la misión de la Iglesia: “La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús, adoptando sus actitudes” (DAp 31). Esa misión es la identidad de la Iglesia, su razón de existir, como tanto insiste Aparecida: “La misión es la razón de ser de la Iglesia, define su identidad más profunda” (DAp 373).

Sentido de la parroquia

Otra realidad, que necesitamos redescubrir, es el sentido verdadero de parroquia, pues de esa comprensión podrán salir preciosas concretizaciones. ¿De dónde viene la palabra “parroquia”? Para eso, el estudio de la primera carta de Pedro es muy importante.

  • El texto de 1Pd 1,17 dice: “Los que viven fuera de la patria” o “En el tiempo de vuestro destierro”. En griego – lengua original del texto – está la palabra “paroikía”, que significa: rumbo a la casa definitiva. De allí surgió la palabra parroquia.
  • Más adelante, en 1Pd 2,11, los destinatarios de la Carta son llamados  “peregrinos y forasteros”. En griego está escrito: ‘pároikous’, de donde viene la palabra ‘parroquiano’, es decir: forastero, peregrino.
  • Por tanto, “parroquia” significa “residencia provisoria”, “morada en tierra extranjera”, “casa de los peregrinos”. “Parroquiano” es aquel que vive como extranjero en esa tierra, como pasajero en tránsito, rumbo a la plenitud de la vida. Párroco es el pastor que vive y ayuda a los demás a vivir como extranjeros y peregrinos en ese destierro rumbo a la patria definitiva.
  • La palabra ‘paroikía’ (1Pd 1,17) puede ser traducida también así: “Los que viven alrededor de la casa (iglesia). Parroquia, por tanto, significa también comunidad. Así creció la conciencia de la Iglesia como comunidad encarnada en un determinado lugar.
  • Hay otra bella novedad en la primera carta de Pedro: nunca usa la palabra ‘Iglesia’, en su lugar usa “hermandad”. La traducción más correcta de 1Pd 2, 17 es: Amén a la hermandad (y no: amén a los hermanos). El autor sagrado mira a la Iglesia, a la comunidad cristiana como a una “hermandad de peregrinos rumbo a la patria definitiva”.
  • El autor sagrado de la primera carta de Pedro ve a la Iglesia como una gran hermandad extendida por el mundo entero, organizada en tantas pequeñas hermandades (parroquias presentes en varios territorios geográficos,  parecidas a las CEBs de hoy): “La hermandad de ustedes extendidas por el mundo” (1Pd 5,9). La primera carta de Pedro termina así: “La hermandad que vive en Babilonia, escogida igual a la de ustedes, envía saludos” (1Pd 5,13). Roma es llamada la Babilonia, porque como capital del inmenso Imperio Romano ejercía un poder opresor y represor, al estilo de la Babilonia antigua.

Por lo tanto, las parroquias surgieron para cultivar la espiritualidad del Éxodo, de la vida en comunidad, peregrina en tierra extranjera. Los cristianos son ‘parroquianos’, que viven en el mundo, de manera profética, al estilo de Jesús, para construir el Reino de Dios, sin perder de vista la patria definitiva. En las ‘parroquias’ se vive, en lo cotidiano de la vida, la tensión entre presente y futuro. Se vive la vida como peregrinación, a su vez transformada en misión.
Las consecuencias son hermosas, exigentes y urgentes para la renovación de las parroquias. Piden mística y misión, profecía y misericordia, fidelidad absoluta al seguimiento de Jesús y creatividad fecunda al testimoniar, en el tiempo y en el espacio, el proyecto del Reino de Dios.

Las parroquias surgieron con una intensa espiritualidad y con el mínimo de organización, sin burocracias. No surgieron como institución, sino como hermandad de discípulos misioneros, que se reunían para cultivar la fraternidad, la corrección fraternal, para celebrar la memoria viva de Jesús de Nazaret, Señor y Maestro.

En las hermandades-parroquias los parroquianos-peregrinos aprendían a vivir un estilo de vida simple, sobrio, despojado, libre, solidario, compartiendo dones y valores.

Actualizando hoy

Hoy se discute bastante sobre la actualidad o no de la parroquia, pero la discusión se pone mucho al nivel de nuevas técnicas pastorales, de nuevas dinámicas, de planificación. Me parece que no es por ese camino, hay que ir más en profundidad, como nos habla la primera carta de Pedro. También cuando se habla de parroquias misioneras, se piensa más en actividades misioneras, que se parecen más a un activismo sin dirección, sin mística. Hay que pasar de una parroquia llena de devociones a una parroquia mística misionera, integrando las devociones en esa perspectiva. Eso pide, exige, que todas las actividades de la parroquia tengan como eje la perspectiva mística misionera. No se puede reducir la misión a una pastoral más, paralela a las demás, tiene que ser el eje, el corazón de toda pastoral. Además, la misión no es solamente por algún tiempo, sino para todos los días, pues, como ya vimos, “La vida es misión”.

Considero muy importante que el próximo Congreso Misionero Latinoamericano trate de la renovación de las parroquias en esa perspectiva místico-misionera.

OPCIÓN POR LOS POBRES

Otro aspecto muy importante es reafirmar la opción por los pobres, como afirmaron claramente los obispos reunidos en Aparecida: “Comprometemos a trabajar para que nuestra Iglesia latino-americana y caribeña continúe siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio” (DAp 396). Para los cristianos la opción por los pobres no es, en primer lugar, una opción socio-política, sino una opción evangélica. Es decir, es por una cuestión de fe, de seguimiento de Jesús de Nazaret. Esa opción evangélica lleva, y radicaliza más aún, la opción socio-política por los pobres.

Por eso, la opción por los pobres no puede ser “optativa”, es decir, facultativa, para los que quieran. Es una exigencia indispensable para ser discípulos de Jesús. Aparecida aclaró muy bien la expresión “opción preferencial”: “Preferencial implica que esa opción debe atravesar todas las estructuras y las prioridades pastorales” (DAp 396). Nuestra opción por los pobres debe seguir el mismo camino de Jesús: Él denunció las causas de la miseria, de la opresión y de las injusticias; fue solidario con los pobres, vivió una existencia pobre, optó por medios pobres, proclamó felices los pobres en espíritu.

A partir de esa bienaventuranza de Jesús, tenemos que dar un paso de más respeto de la opción por los pobres. Tenemos que hacer una doble opción por los pobres: sociopolítica y antropológica. Desde el punto de vista sociológico, es decir, a partir de la organización de la sociedad y del mundo, el pobre es un carente, alguien a quien le hace falta lo necesario para una vida digna. Casi siempre esa carencia es fruto de injusticias, de explotación, de opresión. Es necesario desenmascarar con firmeza y clareza esa carencia injusta, como lo hizo Jesús de Nazaret (Lc 6,20-26; 16,19-31) y como lo denunciaba Mons. Oscar Romero: “La carencia de los bienes necesarios es un mal, fruto de la injusticia y contraria a la voluntad de Dios” (Homilía 17/02/1980).

Pero, ¿será que el pobre es solamente un carente? ¿Será que no tiene nada que dar? No puede ser, pues no se define una persona por lo que no es, sino por lo que es. Generalmente se habla de los pobres siempre en negativo, pero Jesús proclamó felices los pobres en espíritu. ¿Quiénes son los pobres en espíritu?

Para comprender mejor, tenemos que mirar a los pobres de otra manera, desde el punto de vista antropológico, es decir, desde su manera de ser, de vivir, desde sus sentimientos, su estilo de vida. En esa perspectiva el pobre no es solamente un carente, es mucho más, es portador de grandes valores humanos y cristianos. ¿Cuáles son esos valores? No es difícil descubrirlos, es suficiente mirar a los pobres con atención y apertura. Aquí están unos valores del mundo de los pobres: el compartir, la gratuidad, la fiesta, la apertura a los otros y al Otro (Dios), la solidaridad; la lucha comunitaria por un mundo más justo y más fraterno; firmeza y esperanza, humildad y docilidad interior, convivencia con la naturaleza, esperanza, mucha esperanza. Esos son valores típicos de los “pobres en espíritu”. Jesús no dijo: “Felices los pobres que llegan a ser ricos”, sino: “Felices los pobres en espíritu”, es decir los pobres que tienen espíritu de pobre, los que viven los valores citados arriba son realmente felices, realizados como personas. Jesús de Nazaret ha sido “pobre en espíritu” en el grado máximo. Para ser pobre en espíritu en el mundo de hoy es necesario volverse discípulo de Jesús, como decía el apóstol Pablo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos que había en Jesús Cristo” (Fl 2,5). Según Jesús, solamente a los “pobres en espíritu”, les pertenece el Reino de Dios, y son ellos los que lo construyen (Mt 5,3).

Jesús valoraba lo que había de positivo en las personas, especialmente en los pobres (por ejemplo la ofrenda de la viuda pobre Mc 12, 41-44). Los pobres quedaban encantados, nunca fueron tan valorizados, crecía en ellos confianza y autoestima. Solamente los pobres en espíritu saben realizar obras sociales que transforman la sociedad. Jesús no fundó cooperativas entre los pescadores del lago de Galilea, no lanzó un programa tipo “hambre cero”; las muchedumbres hambrientas lo querían, pero Jesús no, se fue al desierto (Jn 6, 15). Jesús hizo algunos milagros para decir que el Reino de Dios había llegado y que su construcción era tarea de todos, pero haciéndose pobres en el espíritu.

La peor desgracia: el desaparecer de los “pobres en espíritu”

Los pobres en espíritu son la gran riqueza de la humanidad, de los pueblos, de las Iglesias. Con ellos hay futuro, otro mundo es posible. Sin ellos no hay futuro, no hay transformación liberadora, no hay verdadera revolución sociopolítica. Los mismos procesos revolucionarios sin pobres en espíritu no aguantan, se corrompen, se burocratizan, producen división, odio, explotación. La historia está llena de procesos revolucionarios quebrados.

La peor desgracia es la ausencia de los pobres en espíritu. Hoy día la economía de mercado domina el mundo, todo es considerado mercancía: bienes, personas, pueblos, países. Valen los que poseen, los que producen, los que consumen. La idolatría de la ambición, de la ganancia, del tener y del poder, viene produciendo consumismo, competencia cruel, tristezas, divisiones sociales, agresión a la naturaleza.

Lamentablemente esa idolatría está presente también en el mundo de los pobres, avanzando y destruyendo sus preciosos valores. Esa es la desgracia de las desgracias. La disminución creciente de los pobres en espíritu es la gran tragedia de la humanidad de hoy. Un gran pensador del inicio de la década de 1940 ya decía: “Lo peor del sistema capitalista no es llevar al hambre a los pobres, y sí de haber robado a los pobres su dignidad e identidad de pobre” (Emanuel Mounier en su libro: El compromiso cristiano).

Mons. Oscar Romero, profeta valiente contra el sistema capitalista excluyente, decía a las organizaciones populares de su país: “Si realmente amamos al pueblo y queremos defenderlo, no les quiten lo que poseen de más valioso: la fe en Dios, el amor a Jesús Cristo, los sentimientos cristianos” (Homilía 10/02/ 1980).

Creo que es urgente mirar a los pobres desde el punto de vista antropológico. Ellos no pueden ser tratados como ‘objetos’, muy frecuente en la visión sociológica, sino como ‘sujetos’, testigos de buenas noticias, constructores de un mundo nuevo, sin excluidos.  Los pobres en espíritu invitan a vivir una vida simple, sobria, solidaria, ecológica; esa es la verdadera salida para una humanidad reconciliada y para convivir saludablemente con el planeta Tierra, casa de todos: “La pobreza es una espiritualidad, es una conciencia, es la actitud que nos abre a Dios. Es el camino de la santidad, ella va generar los verdaderos liberadores del pueblo” (Homilía 17/02/1980).

Mons. Romero visitaba con frecuencia las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), del campo y de los barrios populares, llenas de ‘pobres en espíritu’. Eran la fuerza mayor de su arquidiócesis: “Con ese pueblo no cuesta ser un buen pastor”, decía. Monseñor Romero ha sido un ‘pobre en espíritu’, vivió intensamente las bienaventuranzas. Fue pastor, profeta, mártir, en grado altísimo, bien cercano a Jesús de Nazaret.

PRESBÍTEROS Y OBISPOS: DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESÚS CRISTO

Otra gran expectativa es acerca de los presbíteros y obispos. Hay ejemplos y testigos bellísimos, pero no son la normalidad. Si las orientaciones de Aparecida no desplegaron como debían, mucho depende del clero. No faltan documentos del magisterio al respeto del clero, no faltan también estudios y facultades de teología. ¿Cómo se explican las grandes inversiones en la formación del clero y con tan escasos resultados?

Algo muy serio está faltando al respeto en la formación y también en la organización estructural del clero. Habrá que pasar de una formación doctrinal y legalista para una formación existencial, mística, popular. Hay una dicotomía muy grande entre la persona y la misión de Jesús y la vida de los presbíteros de hoy. No se puede ser presbítero sin ser primero discípulo misionero de Jesús. Ser presbítero no puede ser un cargo vitalicio, es un servicio, un ministerio. Y ese ministerio necesita de un alto grado de espiritualidad (la del seguimiento de Jesús) con lo mínimo de estructura y nada de burocracia. Hay que inventar, crear caminos nuevos.

Al concluir, queremos recordar algunas preciosas palabras del inolvidable cardenal brasileño Aloisio Lorscheider, fallecido en 2007: “Llegué a la conclusión de que una diócesis puede funcionar con pocos presbíteros. Considero mucho más eficaz cuidar, de verdad, de los catequistas y desarrollar los ministerios laicales. Ministerios no ordenados son muy importantes para la Iglesia. Preocupación de los obispos debe ser construir una Iglesia misionera y ministerial. Lo más importante es la presencia de ministros laicos en medio de la gente, en contacto con el día a día de las personas. Los obispos deben invertir más en esa dirección. Nosotros todavía somos muy flacos. No invertimos bastante en la pastoral”. (Libro: Mantengan las lámparas encendidas; Ediciones UFC, Fortaleza 2008).
 

Θ LUIS MOSCONI es presbítero diocesano italiano, misionero Fidei donum en Brasil desde 1967. Trabajó en parroquias, dedicándose especialmente en la formación de Comunidades Eclesiales de Base. De 1983 a 1993 fue profesor y formador en el Instituto de Pastoral Regional (IPAR), con sede en Belém (PA), ligado a CNBB. Desde 1989 acompaña una nueva manera de vivir las Misiones Populares. Especializado en Antropología existencial y Biblia, publicó algunos libros.   

 

 

 

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