LA FE, IMPULSORA DE CAMBIOS SOCIO-POLÍTICOS

EN EL CONTEXTO DE LA CRISIS GLOBAL

 

Alfredo Sánchez AlbercaΘ

 

INTRODUCCIÓN

 

Vivimos tiempos de crisis que irremediablemente vienen acompañados de vientos de cambio. El derrumbe del castillo de naipes de la economía financiera ha evidenciado las fallas del sistema y preconiza un cambio de ciclo. El capitalismo agoniza, a pesar de que sus garantes, los grandes poderes financieros y políticos, se esfuercen una y otra vez en su refundación; así que debemos prepararnos para el cambio. Como ha sucedido en otras muchas épocas a lo largo de la historia, los cambios de sistema son periodos extremadamente convulsos, de gran desconcierto e incertidumbre, porque se reconoce que el antiguo sistema ya no sirve para dar respuestas a los problemas y las necesidades actuales, pero no se tiene claro cuál debe ser el rumbo hacia un nuevo sistema más satisfactorio. Como ocurre al alumbrar una nueva criatura, el parto no será fácil y provocará sufrimiento a gran parte de la población, pero debemos afrontarlo con la esperanza de saber que no estamos solos, que, a pesar de todo el dolor, Dios vela por la humanidad y nos envía su Espíritu en los momentos más difíciles. Es en estos momentos cuando los cristiano/as tenemos que estar más atentos que nunca a los signos de los tiempos, y más receptivos que nunca al soplo del Espíritu, para no ser unos meros espectadores del cambio, sino convertirnos en propulsores del mismo, asumiendo nuestra Misión de constructores del Reino. Es el momento de salir de los templos y de nuestras trincheras para que la fe brille con fuerza en la calle y alumbre el camino hacia la nueva humanidad.

 

En este artículo se analizan cuáles son las principales singularidades de la crisis sistémica que vivimos, así como los cambios socio-políticos que se están gestando en contestación a esta. Se insiste en la urgencia de que los cristiano/as seamos parte activa del cambio asumiendo el compromiso social y político que emana de nuestra fe. Como máximo exponente de estos cambios se presentan las revueltas de la primavera árabe y, con más profundidad, el movimiento 15M aquí en España. Finalmente se hace una reflexión en clave misionera, de cómo estos movimientos, aunque surgidos fuera del seno de la Iglesia, son signos de la presencia transformadora del Espíritu en la realidad presente, y por tanto, movimientos proféticos que los cristiano/as debemos apoyar participando activamente en ellos.

 

UNA CRISIS GLOBAL QUE REQUIERE CAMBIOS SOCIO-POLÍTICOS URGENTES

 

Desde 2007 nos vienen repitiendo que estamos en crisis, pero lo cierto es que la mayor parte de la humanidad ya se hallaba inmersa en una crisis crónica desde mucho tiempo antes. Una crisis provocada por la propia inercia del sistema capitalista neoliberal, que ha hecho posible el crecimiento económico de los estados centrales gracias al sometimiento y al expolio de las poblaciones de la periferia.

Lo novedoso de esta crisis es que esta vez toca de lleno a las poblaciones del centro, que ahora ven peligrar su estado del bienestar, construido durante muchos años con los recursos de nuestros hermanos de la periferia. Muchos de los estados centrales están siendo ahora ajustados con recortes en el gasto social similares a los Planes de Ajuste Estructural que hundieron las economías de la periferia en la década de los 80-90. El capitalismo por fin se ha quitado la careta amable en Europa y ya ni siquiera los ciudadanos de primera estamos a salvo de ser víctimas de su voracidad.

 

Desde el estallido de la burbuja inmobiliaria y el desencadenamiento de la crisis financiera estamos asistiendo a uno de los mayores procesos de transferencia de capital de las rentas medias y bajas a las más altas con la excusa del salvamento del sistema. Esta transferencia está provocando que la ciudadanía del centro sufra un deterioro progresivo de sus condiciones de vida mientras que las grandes fortunas aumentan sus beneficios, y la codicia de las grandes empresas y bancos arrasa con los derechos de las personas y los pueblos.

 

Pero si este acaparamiento de capital está siendo posible, es gracias a la usurpación de poder popular por parte de los mercados financieros y las empresas transnacionales, que incluso tienen la capacidad para quitar y poner gobiernos a su antojo. A la vista están los escandalosos casos de los nuevos presidentes de Grecia e Italia, Lucas Papademos y Mario Monti, así como el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, todos ellos personajes ultraliberales, elegidos sin ningún tipo de comicio democrático, que tienen estrechos lazos con Goldman Sachs (el mayor banco de inversiones del mundo que maneja un volumen de dinero casi equivalente al PIB anual mundial, y que ha sido uno de los principales causantes de la crisis financiera). Este déficit democrático ha ido in crescendo a lo largo de la historia de la Unión Europea, como ponen de manifiesto los principales acuerdos tomados en las últimas décadas, el Tratado de Maastricht (1992), el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (1997), la adopción de la Moneda Única Europea (1999), el Tratado de Lisboa (2007), sustitutivo este último del fallido Tratado de la Constitución Europea, o el reciente Pacto del Euro y el de Estabilidad Financiera, que otorga a la Comisión Europea competencias en la política fiscal y presupuestaria de cada uno de los estados miembros. Todos estos pactos fueron firmados sin consentimiento expreso de la ciudadanía y, obviamente, sin dejar ver realmente lo que suponía su firma: la pérdida de soberanía de los estados sobre sus políticas económicas, y por ende, la sumisión a instancias controladas por los poderes financieros como el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional. Aquí, en España, el intervencionismo de estos organismos financieros también ha quedado patente en la vergonzosa reforma de la Constitución para priorizar el pago de la deuda por encima del gasto social, sin la más mínima consulta social. Este robo de soberanía popular ha dejado claro que la democracia es incompatible con el capitalismo.

 

Al mismo tiempo, asistimos a una crisis ambiental sin precedentes en la historia de la humanidad. El constante crecimiento económico que sostiene el modelo capitalista cada vez requiere mayores cantidades de energía y recursos naturales. Pero las materias primas, sobre todo las energéticas como el petróleo empiezan a escasear al tiempo que se saturan los sumideros de residuos y basuras del planeta, como evidencia el cambio climático. [1] El mejor indicador de la insostenibilidad de este crecimiento suicida es la huella ecológica que refleja que este planeta se ha quedado corto para mantener el ritmo de vida de las poblaciones del centro. [2] Pero lo más preocupante es que los gobiernos de los estados centrales, lejos de reconocer la grave situación ambiental, están presionando más sobre la naturaleza en un intento a la desesperada de salir de la crisis por la vía de la recuperación del crecimiento económico, lo cual no hará sino acelerar el trágico desenlace.

 

Pero esta crisis no es sólo económica o ambiental, es sobre todo ética y de valores, pues de lo contrario no se explicarían las injustas desigualdades en el reparto de los bienes terrenales y las obscenas bolsas de población excluida. El culto al ego y la idolatría del dinero han provocado, a su vez, una profunda crisis espiritual que ha despojado al ser humano de su transcendencia, relegándolo a una existencia banal y configurando su vida en torno a lo superficial.

 

A esto hay que sumar la no menos importante crisis de cuidados en las sociedades capitalistas, que implica la desatención de los aspectos básicos del mantenimiento de la vida (cariño, alimentación, higiene, crianza, tareas domésticas, etc.), labores hasta ahora desempeñadas fundamentalmente por las mujeres, y que poco a poco se han ido mercantilizando. [3] Hasta el punto de que hay quien afirma que nos encontramos probablemente en la sociedad más infeliz que ha existido sobre la Tierra. [4]

 

Así pues, se mire por donde se mire, este sistema ya no se sostiene por ninguno de sus costados. Pero mientras tanto, sorprendentemente, la mayor parte de la población permanece inmóvil, quizá aturdida por el shock de la crisis del que nos habla Naomi Klein [5] , sin saber cómo reaccionar, cómo organizarse o actuar para evitar la debacle.

 

En el caso de la sociedad española, tengo la sensación de que este inmovilismo también es debido, en gran medida, a una complacencia acrítica propiciada por la sobrestimación de nuestro actual estado democrático. Esto ocurre, sobre todo, entre la gente mayor y de ideología conservadora, pero también lo he percibido en gente más joven, y de ideología más hacia la izquierda. Es cierto que la conquista de los derechos que hoy tenemos ha supuesto muchas vidas y grandes sacrificios para las generaciones pasadas, y eso les otorga un valor que no podemos menospreciar, pero tampoco podemos idealizar un sistema en el que la capacidad de decisión ciudadana, en la gestión de lo público, se limita a poco más que depositar una papeleta en una urna cada cuatro años, y la mayoría de las veces sin una información y un análisis de la realidad veraz que nos permita votar con el conocimiento suficiente para garantizar nuestra libertad de elección. Es obvio que aún estamos lejos de un modelo democrático pleno, que dote a todo el mundo de la formación y la conciencia crítica necesaria para poder participar en cualquier propuesta o debate sobre la construcción de lo colectivo, donde la participación política en lo cotidiano sea un elemento nuclear en la cultura social, y donde las decisiones se tomen desde la búsqueda de consensos y el respeto a los disensos. Y es más obvio aún si aspiramos a una democracia global para toda la humanidad, dada la creciente brecha en la capacidad de decisión entre la minoría que ostenta el poder (grades magnates de las corporaciones financieras, de las multinacionales, y líderes políticos de los estados centrales), y la inmensa mayoría de pueblos excluidos de la periferia del sistema (basta fijarse en el peso de cada estado en la toma de decisiones en las más importantes instituciones mundiales como la Organización de Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio). Si miramos lo recorrido y lo que queda por recorrer, en el camino hacia esa utopía democrática, reconoceremos que no hemos hecho sino empezar la marcha, y el tiempo y la historia nos pongan en nuestro sitio cuando, seguramente, cataloguen nuestra sociedad de protodemocrática. No reconocer esto nos impedirá avanzar en la salida de la crisis hacia unademocracia real.

 

Ante este panorama tan sombrío, los cristiano/as no debemos escondernos como hicieron los apóstoles tras la muerte de Jesús. Sabemos que no estamos solos, Dios nos ha enviado su Espíritu para que seamos luz del mundo en estos momentos de oscuridad. Él es la salida a esta crisis y el camino a la salvación, pero para hacerlo posible debemos salir de este inmovilismo y ser el fermento socio-político de los cambios necesarios para una salida evangélica de la crisis.

 

EL COMPROMISO SOCIO-POLÍTICO COMO CONSECUENCIA DE LA FE

 

La necesidad del compromiso socio-político de los cristiano/as en la vida pública, especialmente de los laico/as, es un tema que ha sido ampliamente tratado en el Magisterio de la Iglesia. Por citar sólo algunas referencias, el Concilio Vaticano II, que trató el tema en profundidad con gran clarividencia, afirmaba: «Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época (...). No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» [6] .  Más tarde, Juan Pablo II concluirá «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en lapolítica; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común» [7] .

 

También los obispos españoles han llamado nuestra atención sobre este tema en múltiples ocasiones: «La separación o contraposición entre el interés y empeño en los asuntos orealidades temporalesde este mundo y los dedicados a la propia salvación eterna contraría la unidad del proyecto de Dios Creador y Salvador, deforma la vida cristiana y empequeñece la grandeza del hombre sobre la tierra.» [8] . Con ello se invita a todas las personas creyentes a vivir el amor al prójimo como seres sociales y políticos, como realidades ambas indisociables: «La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aún política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo entero de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad social y política de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualiza en la prosecución del bien común de la sociedad. Con lo que entendemos porcaridad políticano se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni muchos menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres.» [9]

 

Así pues, queda claro que el compromiso de los cristiano/as tanto en lo social como en lo político es algo que emana directamente de nuestra fe en el Resucitado, que además es un elemento esencial e imprescindible en la realización humana de cada persona. Pero, si la Doctrina Social de la Iglesia es meridianamente clara en este asunto, ¿por qué los cristiano/as tenemos tantas dificultades para asumirla y traducirla a prácticas socio-políticas concretas en nuestras vidas cotidianas? ¿Por qué andamos tan alejados de las luchas y transformaciones socio-políticas que se están dando en el contexto de la crisis?

 

LA NECESARIA RECONCILIACIÓN ENTRE LO SOCIAL Y LO POLÍTICO

 

Por desgracia existe en nuestra sociedad, no sólo entre los cristiano/as, una clara disociación entre lo social y lo político, provocada por una concepción sesgada de la política, que la circunscribe exclusivamente al ámbito de la conquista del poder para ejercer el gobierno. Es por eso que mucha gente confunde el término política con partidismo. Este hecho explica en gran medida el actual desafecto hacia política, entendida como partidismo, dados los vergonzosos casos de corrupción que con frecuencia se dan entre nuestros gobernantes, y la prevalencia del beneficio propio sobre el bien común en su gobierno.

 

Aunque esta situación no es nueva, pues ya nos advertían de ella nuestros obispos hace un cuarto de siglo: «Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra toda actividad pública y aun contra quienes a ella se dedican. Nosotros queremos subrayar aquí la nobleza y dignidad moral del compromiso social y político y las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza y en la fortaleza, en el desprendimiento y en la generosidad; cuando el compromiso social o político es vivido con verdadero espíritu cristiano se convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes. La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las más altas posibilidades morales y profesionales del hombre.», es evidente que se ha acentuado en los últimos años.

 

A mi entender, son varias las causas de este desafecto hacia la política, a las cuales también ha contribuido nuestra propia Iglesia. Si bien es cierto que la Doctrina Social de la Iglesia insiste una y otra vez en la necesidad del compromiso socio-político para transformar el mundo, su enseñanza no se ha promovido con convicción en las comunidades parroquiales, ni se le ha dado la importancia que tiene para formar laico/as maduros y conscientes de su vocación misionera. Es un hecho patente que la mayor parte de los fieles de nuestras parroquias desconocen la Doctrina Social de la Iglesia, y basta revisar los planes formativos y catecumenales de las Diócesis para ver cómo este tema es a menudo rodeado. Quizá en el trasfondo de nuestra Iglesia todavía perdure el miedo de la jerarquía a formar fieles con capacidad crítica para emanciparse en el terreno de la política, ya que hasta ahora, eran los pastores los únicos que parecían autorizados a interpretar los signos de los tiempos y hacer manifestaciones en este terreno.

 

También ha influido una mal entendida espiritualidad cristiana carente de dimensión política, o relegada esta al ámbito de lo privado. Pocos son los cristiano/as que han saboreado la mística del encuentro con el Dios del Amor en la realidad de los pobres. Una experiencia que da lugar a una espiritualidad política con un potencial transformador que bebe de la promesa de Dios de un Reino de justicia que crece ya aquí, en medio de los despojos de esta sociedad. Es, en el fondo, la falta de fe en el camino hacia el Reino y en las posibilidades humanas para recorrerlo la que nos inmoviliza.

 

Pero tampoco podemos negar que en muchos casos es el miedo a ir contracorriente lo que nos paraliza. Y es que ser fieles a Cristo en este momento histórico que nos ha tocado vivir supone irremediablemente ir contra las tendencias y corrientes dominantes, en las que ningún sistema socio político actual, y en especial el capitalismo, responde a la misión evangélica de la construcción del Reino de Dios.

 

Como consecuencia de esta disociación entre lo social y lo político, gran parte del compromiso socio-político de la Iglesia misionera se ha volcado tradicionalmente más hacia el polo de lo social, sobre todo a través de la cooperación al desarrollo y las obras de caridad, que hacia el de la política, por medio de la denuncia profética de las causas de las injusticias estructurales y la propuesta y construcción de alternativas evangélicas más equitativas. Este enfoque es un error y una grave irresponsabilidad, como pone de manifiesto la teoría de la anticoooperación [10] , ya que en las últimas décadas no solo no ha servido para reducir la brecha entre empobrecidos y enriquecidos, sino que además ha contribuido a perpetuar las estructuras de injusticia que la han provocado. [11]

 

Por ello, el primer paso para una salida evangélica de la crisis, es recuperar la íntegra dimensión de la política que se funde con lo social, ya que sus principales cometidos, la gestión de lo público, la salvaguarda de los derechos ciudadanos y la ordenación de la convivencia, se dan en lo social. De esta manera, nadie que pretenda vivir en sociedad, podría declararse apolítico, y menos aún los cristiano/as que aspiramos a la construcción colectiva del Reino de Dios. Porque, efectivamente, el Reino es el proyecto colectivo de Dios para toda la humanidad, y por tanto, es tarea de todos, no sólo de los creyentes, su construcción. Por tanto, no podemos arrogarnos la titularidad de únicos obreros, ni siquiera la de obreros privilegiados, e intervenir sobre la realidad temporal de manera unilateral y aislada, sino que debemos buscar el diálogo y el entendimiento con los demás, incluidos no creyentes, pues todos somos hijos de un mismo Padre. Y es en esta necesidad de diálogo y entendimiento en donde la política resulta imprescindible.

 

Como afirmaba Juan Pablo II: «Es esencial que todo hombre tenga un sentido de participación, de tomar parte en las decisiones y en los esfuerzos que forjan el destino del mundo. En el pasado la violencia y la injusticia han arraigado frecuentemente en el sentimiento que la gente tiene de estar privada del derecho a forjar sus propias vidas. No se podrán evitar nuevas violencias e injusticias allí donde se niegue el derecho básico a participar en las decisiones de la sociedad.» [12]

 

LA PRIMAVERA ÁRABE Y EL 15M: UN SOPLO DEL ESPÍRITU

 

Pero si bien esta reconciliación con la política es necesaria, no es suficiente. Para ser levadura de justicia en el mundo, tenemos que ser capaces de percibir las injusticias y estar insertos allí donde se producen. En un mundo globalizado tan cambiante, donde las consecuencias de nuestros actos se propagan rápidamente  hasta los últimos confines de la tierra y donde las injusticias adquieren escalas planetarias, el discernimiento de los signos de los tiempos resulta imprescindible para saber hacia dónde canalizar nuestro compromiso socio-político. Sabemos que los caminos del Señor son inescrutables y que el Espíritu actúa en la historia donde y cuando menos lo esperamos, por eso debemos estar atentos, en vela como las diez vírgenes de la parábola (Mt, 25, 1-13) para reconocer sobre qué realidades infunde su aliento el Espíritu.

 

Y esta vez el Espíritu empezó soplando fuera de la cristiandad, en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, donde, tras la auto-inmolación de un joven cuando la policía le confiscó su puesto de fruta, miles de tunecinos, sobre todo jóvenes sin futuro, se echaron a la calle para denunciar la pobreza y la opresión en la que vivían sometidos por el régimen de Ben Alí. La revuelta se generalizó enseguida, y a pesar de la sangrienta represión, en pocos días Ben Alí