EL VIENTO DE LA REVOLUCIÓN EN LOS PAÍSES ÁRABES
Claves para un mejor entendimiento
 
Justo Lacunza Balda 1

Introducción

Ha cambiado el rumbo actual en los países árabes y un nuevo ciclo ha comenzado con el adviento de las revoluciones nacionales. Unos países más y otros menos, pero todos sin excepción han experimentado el oleaje creciente de las revueltas y los vaivenes populares de las insurrecciones a lo largo del año 2011. La población ha mostrado el descontento enfebrecido, la rabia encallecida y el hambre insaciable de dignidad, libertad y democracia. Túnez, Egipto y Libia, y en parte también Yemen, han visto la caída tan esperada de sus dictadores que durante décadas han tenido al pueblo amarrado y atenazado con el uso de toda clase de medios. Se están produciendo cambios profundos a nivel social y político, en la esfera institucional y en el campo islámico. En este sentido los cambios, tan ansiados por los manifestantes y anhelados por la población, han comenzado a echar raíces y a cimentarse. Con grandes problemas, con enormes retos, con obvias dificultades. Pero una cosa es cierta, los líderes y dirigentes, reyes, jeques y presidentes de los estados árabes se van convirtiendo a la idea del cambio democrático, de la regeneración institucional y también a las urnas electorales. La alternativa es la dictadura, la represión y la tiranía. Eso sí, con guantes de hierro forrados de terciopelo y adornados de brillantes. Tarde o temprano, todos los países árabes tendrán que entrar por la senda de los derechos constitucionales, de las libertades civiles y de la democracia. Procesos democráticos sin trampas ni tapujos, sin enjuagues ni arreglos. Será difícil, laborioso y controvertido, pero no imposible e inalcanzable. Porque no se puede hablar de progreso social, de desarrollo económico, de estabilidad nacional, si no se sientan las bases sólidas para que la dignidad sacrosanta de cada ciudadano sea el eje central alrededor del cual orbitan las instituciones del Estado. En la actual coyuntura histórica de los estados árabes ya no vale echar la culpa al colonialismo europeo, excusa tantas veces repetida como un mantra atávico, para calmar el furor de los ciudadanos que piden justicia, derechos y libertades. En el curso de los últimos meses han quedado de manifiesto las injusticias sociales, la corrupción rampante, la miseria inhumana de los que viven en la indigencia total mientras los dictadores se han hecho los amos absolutos del país y de sus recursos naturales. Por eso el cambio no es solamente el acabar con los atropellos y tropelías de las dictaduras, sino también renovar el sentido ético en las instituciones del Estado y combatir por la dignidad humana de los ciudadanos de la nación.

Revoluciones de dimensión nacional

Las revoluciones se han presentado con un corte nacional y se han desarrollado en contextos socio-políticos bien diversos, a pesar de que los denominadores comunes, como el Islam y la lengua árabe, han servido de “goma arábiga” a través de las etapas históricas y del desarrollo de las identidades nacionales tal y como se presentan en la actualidad. El fenómeno de la llamada “primavera árabe”, términos y definición que personalmente no comparto, se presenta con muchas facetas, numerosos pliegues y, sobre todo, con muchos horizontes, muchas variantes y numerosos componentes. Quizás sería mejor hablar de “ajedrez árabe” por las incógnitas y sorpresas, movimientos e interrogantes. Es importante  identificar las principales causas, examinar algunos de las claves, analizar las diversas características y apuntar a algunos de los grandes retos. Ahí están los desafíos en el escenario de la búsqueda de los derechos humanos, el combate por la democracia y la lucha por las libertades civiles. La evolución interna de cada Estado afecta no sólo a las instituciones e influye directamente en la identidad nacional de cada país, sino que también incide en la red de las relaciones políticas, institucionales, culturales y religiosas entre los países árabes. Sin olvidar las relaciones con otros estados, especialmente los de la Unión Europea con los que en los últimos años se ha buscado una cooperación más efectiva. No podemos olvidar la geopolítica cultural y religiosa, y no solo energética y económica, de los países árabes, principales productores de crudo en el mundo,  con los países de mayoría musulmana en el mundo. El cambio de ciclo en la historia de los pueblos árabes tiene su influencia a nivel mundial como lo tuvo en su día, y lo sigue teniendo, los comienzos de la República Islámica de Irán. Cabe puntualizar, sin embargo, que ni las circunstancias eran las mismas, ni los contextos políticos de aquella época se pueden parangonar a los de la actualidad en los países árabes.

¿Revueltas, rebeliones o revoluciones?

El fenómeno de los acontecimientos históricos que se han desarrollado en los países árabes nos pone ante el primer reto de orden lingüístico. Esto parece, a primera vista, pero es de una importancia capital a la hora de entender el significado de las palabras y el contenido de los términos que utilizamos. ¿Revueltas, rebeliones, levantamiento, insurrecciones, combate, contiendas, enfrentamientos? Podríamos añadir algunas palabras más que forman la rosa de los sinónimos en apariencia.

Se ha notado un cierto reparo en medios intelectuales a utilizar el término revolución. Pero es importante analizar la palabra en lengua árabe para describir lo que está sucediendo en los países árabes. En la lengua árabe el término es al-zawrat. En su sentido más profundo, radical y significativo, el vocablo significa el simún del desierto, el viento huracanado, el bochorno enloquecedor. ¿Qué es lo que ocurre con el huracán? Se levanta en torbellinos giratorios, arranca con fuerza, toma cada vez más velocidad y destruye todo lo que encuentra en su errático camino. Nos suena aquello de “oyes su voz y no sabes de dónde viene y a dónde va”. Por lo tanto, nada volverá a ser como antes, comenzando por la configuración de las dunas y la silueta del horizonte.
 
La revolución en los países árabes no es un fenómeno pasajero y fugaz que de noche a la mañana nos conduce a un nuevo amanecer y nos hacer gustar el esplendor de un alba radiante. Las revoluciones árabes son el comienzo de un nuevo ciclo en la historia de cada uno de los estados independientes. Ya no sirve echar la mirada hacia atrás para lamentarse de los males del poder colonial, ni de gritar contra el Occidente maligno y perverso. Eso no hará mejorar la calidad de vida, desarrollar el sentido cívico y menos aún ayudará a promover la libertad, fomentar el entendimiento y construir la democracia. Porque en definitiva las revoluciones árabes han ayudado a los ciudadanos a desechar los enunciados venenosos de los dictadores y tiranos que han alimentado a la población con la palabrería malsana de una ideología vacía e inservible. Un proceso arduo, una seda dolorosa, una vía áspera cuando se toca de mano el día a día, se afrontan los retos y se buscan las soluciones a los problemas de la convivencia cívica, de la justicia social y de la democracia efectiva. Sabemos que siguen presentes los grupos de resistencia a las nuevas realidades y se multiplican las acusaciones contra la lentitud de las reformas. Pero también es verdad que se gestan movimientos de reforma, asociaciones de derechos de la mujer y formaciones de formación juvenil.

Lo que dejan el simún y la revolución

Lo que el simún deja a su paso es polvo, arena y basura flotando sin rumbo fijo en el aire; además del miedo, la incertidumbre y la incapacidad de pararlo. A los días se vuelve a la vida normal, si en la vida humana se puede hablar de normalidad. Turbantes y velos sirven más que nunca para protegerse en patios, calles y plazas, en aldeas, pueblos y ciudades. Durante algunas jornadas las horas diurnas tienen más de penumbra desalmada que de luz deslumbrante. La agitación desmesurada y la revolución descontrolada del viento pueden durar mucho tiempo, días y hasta semanas, sin que nadie consiga dominar, calmar y doblegar la amenaza de su fuerza y la impetuosidad de sus endiabladas ráfagas. Cuando el viento del desierto llegaba al sur de Italia, empañando todo de color blanquecino, los italianos acostumbraban a decir: “Nos lo manda Gaddafi”. Como si fuera un presagio de lo que sucedería con la vida del tirano libio que acabó sus días en agosto del 2011 en una cuneta sin nombre ni apellido.

La experiencia del viento enloquecido del desierto muestra por un lado los arañazos de su ímpetu destructor y por otro el dolor humano ante los fenómenos incontrolables de la naturaleza. Estos son dos elementos que se pueden aplicar directamente a los acontecimientos ocurridos a lo largo del año 2011 y que seguirán su imparable curso en 2012. Para comenzar, los partidos islamistas han arrasado en las elecciones legislativas en Túnez, Marruecos y Egipto. Los primeros que se han sorprendido son los partidos de corte liberal que no quieren ver la política infiltrada y gestionada por los islamistas que anhelan imponer y aplicar la ley islámica (shari‘a). Porque no hemos descubierto nada nuevo si afirmamos que antes del comienzo de las revoluciones árabes la ley islámica era la fuente primordial de las legislaciones nacionales. Por lo tanto, los islamistas, con ojo astuto y calculador, se proponen implementar lo que estaba ya implícito en las constituciones que han sido suprimidas, como ha sido el caso de Túnez, Egipto y Libia a penas han caído del trono los dictadores. Habrá que esperar la redacción de las nuevas constituciones para adivinar la dirección de los vientos revolucionarios, entender las interpretaciones legales y descifrar lo que realmente significa en la práctica “el islam moderado”. De esto nos han hablado los islamistas que han sido elegidos a los parlamentos de Túnez, Marruecos y Egipto. A mi modo de entender los términos “islam moderado”, que vienen utilizándose en contexto europeo desde hace una década, deben ser explicados con claridad, sin meandros ideológicos y sin trampas institucionales. No es que uno crea en las buenas intenciones de los que lo utilizan. De lo que se trata es de saber cómo compaginan los islamistas “la ley islámica” y “el islam moderado”, por ejemplo en el caso de Egipto con los ciudadanos de fe cristiana. ¿Tienen los mismos derechos para los defensores del “islam moderado” o continuarán siendo discriminados en la futura Constitución del país?

Hablar de revolución sin miedo a equivocarse

Hoy se habla de destrucción material y de ingentes daños ocasionados por las bombas, los atentados y la guerra. Todo eso ha creado focos de odio, se han exacerbado los ánimos y se ha dado rienda suelta a los instintos malvados. Sin olvidar los miles de muertos, heridos y desaparecidos. A todo ello hay que sumar el síndrome de la violencia, el miedo y el dolor de los que han perdido a sus seres más queridos. Ahí están las secuelas, heridas y efectos de las revoluciones populares. Pasarán muchos años antes de que se curen las heridas, se calmen los instintos de venganza y se aplaque la ira encerrada. Sobre todo de los que han sufrido en su propia carne el látigo de la discriminación, de la tortura, de la cárcel. No se borra con facilidad la memoria vital del ser humano, sobre todo cuando ha padecido los horrores de la tiranía y la ferocidad de los dictadores. Tendrán que pasar generaciones para que las ascuas de la rabia no vuelvan a reavivarse, si es que se apagaron de verdad con las urnas, la democracia y las promesas de libertad y derechos. Son palabras que se repiten constantemente en los medios de los países árabes, pero traducirlas en la realidad, llevarlas a la práctica y transformarlas en quehacer cotidiano es más difícil y complejo de lo que a primera vista parece.

Las revoluciones árabes, en sus facetas y dimensiones nacionales, no han conducido todavía a una metamorfosis general de las sociedades árabes y musulmanas. Eso sería mucho pedir. Los cambios se desarrollan, maduran y toman cuerpo con el tiempo y están supeditadas a los problemas sociales que la sociedad civil encuentra en un determinado país. Queda mucho camino por recorrer y el arranque de las revoluciones nacionales significa emprender un largo camino.

El protagonismo de los jóvenes

Lo único que la mayoría de los jóvenes han conocido en los países árabes es la dictadura y la tiranía. Desde hace años miles de jóvenes se han convertido en emigrantes de noche a la mañana y han tratado de probar suerte llamando a las puertas de los países europeos. Miles de ellos han cruzado los mares en pateras maltrechas o embarcaciones de fortuna, desafiando los peligros y la incertidumbre de la llegada a lugares desconocidos. Muchos han sido objeto codiciado de bandas mafiosas, criminales y asesinas, que se han enriquecido a costa de los más débiles, desafortunados y pobres. Para muchos las aguas del Mediterráneo han sido el panteón común y anónimo del descanso eterno. La fosa común de los desaparecidos. Miles de jóvenes magrebíes se han visto obligados a emigrar cuando en sus países líderes y dictadores acumulaban riquezas con el monopolio de la política, la economía y los medios.

Las nuevas generaciones de los países árabes muestran el descontento y la rabia, viendo que sus líderes políticos casi les empujaban a que se marcharan para tener más estabilidad en el país, menos problemas con las juventudes rebeldes y sobre todo más tranquilidad institucional para perpetuarse en el poder estatal. Desde hace mucho tiempo las jóvenes generaciones se han percatado de que las diferentes versiones y fórmulas del islamismo radical se han ido transformando en rígidas, obtusas y refractarias dictaduras religiosas en nombre del Islam. La fiebre religiosa de los islamismos se ha opuesto a los cambios democráticos que no estuvieran avalados, inspirados y aprobados por la ley religiosa del Islam o la shari‘a. Ahora les compete demostrar que están a la altura de las expectaciones populares en materia de derechos y libertades.

Los jóvenes han sido los protagonistas y la correa trasmisora de los valores, sueños y ambiciones nacionales. Pero son los primeros es constatar los efectos del paro, el aguijón de la pobreza, el escándalo de la pobreza, la degradación de la miseria. En unos países más que en otros, pero en todos sin excepción, los gobiernos se han apresurado a acallar el grito revolucionario de los manifestantes prometiendo mejoras económicas, subida de sueldos, creación de empleo, préstamos sin interés, programas de ayuda social. Por lo tanto la revolución popular ha penetrado el tejido dañado de las sociedades árabes y no solamente la ideología política para derrocar a los dictadores y corruptos. Los medios de comunicación y las redes sociales (Internet, E-mail, Twitter, Facebook) han servido para difundir las ideas, propagar los ideales y cimentar la solidaridad. Pero los medios no han sido la causa de las revoluciones árabes. Estas han tenido un amplio fondo de consenso popular para derribar a los gobiernos dictatoriales, emprender las reformas necesarias y responder al hambre de libertad, derechos y libertades.

Las jóvenes generaciones sienten el vendaval del cambio y de la libertad, y sobre todo la urgencia de la justicia, de la democracia y del derecho a ser ciudadanos y no súbditos aborregados de sistemas dictatoriales y regímenes autocráticos. Lo han dicho desde las plazas más populares de las principales capitales de los países árabes. Esas plazas, como Tahrîr en El Cairo, tienen ya otros nuevos nombres. Para la población son “las plazas de los mártires de la revolución”. Se preguntan los jóvenes sin trabajo ni futuro: ¿Dónde van a parar las ganancias del petróleo, del gas, de los fosfatos, del turismo? No están en disposición de que las cosas continúen como hasta ahora. Si Europa ejerce una “atracción fatal” es precisamente porque, a pesar de todos los fallos, problemas y dificultades, el ciudadano posee sus derechos inalienables garantizados por las Constituciones, el sistema jurídico y las leyes del Estado. Y eso es a lo que aspiran los jóvenes: a vivir en un país que garantice los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Los árabes hablan hoy en día de revolución utilizando el término al-zawrat para describir los cambios históricos de los que son testigos, la llegada de los derechos humanos, el adviento de las libertades civiles, el comienzo de la democracia. Las manifestaciones en calles y plazas han servido para romper el muro del miedo, abatir la barrera del pánico por lo que pudiera ocurrir, derrumbar el recinto del control férreo de las dictaduras., con todas las consecuencias a nivel de la sociedad civil, de las instituciones y de la dignidad humana. Un inicio prometedor, en principio, que subraya la urgencia de colocar la persona al centro del Estado, de la sociedad y de la nación. Pero, la euforia, los gritos y el júbilo de la victoria quedan atrás cuando se afrontan los retos diarios y se vuelve a la rutina cotidiana. El futuro cambiará porque ya se ha revolucionado el presente.

El significado de los hechos históricos

Las revoluciones nacen en circunstancias concretas y por hechos que aparentemente no están destinados a revolucionar la sociedad civil. Pero hay algo que golpea el ánimo humano y lo dinamiza, le arrebata el miedo y le empuja a optar, respaldar y apoyar cambios inauditos y radicales. Es como si fuera la gota que desborda del vaso, el empujón inesperado, la intuición de la última hora. Se abre una nueva etapa histórica en la que no se sabe muy bien qué es lo que provocó una reacción masiva. Es un mirar en la misma dirección, un caminar juntos, afrontando el peligro, la violencia y hasta la muerte. Como expresión viva de un sueño nacional de supervivencia y de liberación de la zarpa sangrienta de quienes se habían convertido en el oprobio, el azote y la maldad del pueblo. Valgan tres ejemplos concretos para demostrar lo que apenas hemos afirmado.

El primero fue la muerte ignominiosa, a manos de la policía, de Khaled Said. Era un genio prometedor en el campo de la tecnología y había cursado estudios en los Estados Unidos. Después de ser brutalmente apaleado fue abandonado delante de un Internet Café en Alejandría  (Egipto). Era el 6 de junio del 2010, un día caluroso y fatídico. A partir de ese momento comenzó la marea de protestas, corría la voz de las revueltas en Internet, se difundían los mensajes de solidaridad. Pero eso no bastaba para tributar el honor que merecía Khaled Said. Se había convertido en el símbolo visible de la revolución contra la nomenclatura del presidente Hosni Mubarak. Iba a ser difícil desenraizar la dictadura de quien llevaba 30 años en el poder gobernando con mano férrea y leyes de emergencia. Apoyado por las fieles huestes de incondicionales, corruptos y aprovechadores. Pero al final el todopoderoso Mubarak tuvo que abandonar el trono presidencial y su aire faraónico para refugiarse en Sharm El Sheikh, el paraíso del coral y del bronceado en espera de juicio. Ya se ha celebrado y ahora toca esperar la sentencia del tribunal.

El segundo hecho fue la brutal paliza que recibió Mohamed Bouazizi, ingeniero desocupado, por vender fruta y legumbres en la calle. Los agentes le acusaron de no tener permiso. No le faltaron palabras para defenderse. Su único mal era que lo hacía porque quería dar de comer a su familia, matar el hambre y buscarse la vida con dignidad y sin tener que robar para sobrevivir. Fue talmente vapuleado y humillado por la policía que decidió inmolarse a lo bonzo. Sucedió el 17 de diciembre del 2010 en Sidi Bouzid (Túnez). Lo trasladaron al hospital donde falleció el 5 de enero de 2011. El dictador Ben Ali tuvo la osadía de visitarle en el hospital para explotar la imagen de un moribundo y sacar partido de una acción criminal. Mohamed Bouazizi se convirtió en el símbolo de los nuevos mártires que han dado cara a la dictadura y han sucumbido en prisiones. O han desaparecido, o han sido torturados, o han caído muertos en la calle fulminados por las balas de “las fuerzas de seguridad”. El dictador Ben Ali huyó despavorido en busca de una guarida segura entre sus amigos de Arabia Saudí. Un exilio dorado lejano del fuego revolucionario que había prendido en las calles de la capital.

El tercero es la detención, el acoso y el vapuleo de Fathi Terbel. Era el abogado defensor de los familiares de los 1.200 prisioneros políticos que fueron vilmente ametrallados en la infame cárcel de Abu Salim (Trípoli). Lo había ordenado el sangriento tirano, Muammar El Gaddafi que nunca admitió rivales, opositores y menos enemigos en sus 42 años de dictadura. El hecho ocurrió el 15 de Febrero del 2011 en Bengasi (Libia) cuando Fathi Terbel fue llevado por la policía y la manifestación dispersada a tiros por los cómplices del régimen. Esa acción escalofriante marcó la etapa final del dictador libio que llamó a sus conciudadanos “malvados, ratas y degenerados”. Se propuso acabar con los insurgentes y rebeldes, invitándoles a que se rindieran a sus pies. Pero después de una larga y dolorosa guerra los libios consiguieron destronar al que los tenía esclavizados en su propia tierra.

Conocemos las consecuencias de esos tres hechos abominables que prendieron fuego a la revolución. Fueron el punto de partida que acabó con los dictadores Zin Al Abidine Ben Ali (1936), Hosni Mubarak (1928) y Muammar El Gaddafi (1942-2011).  La revolución huracanada se abatió sobre ellos sin piedad alguna. Ben Ali decidió huir en la noche a Arabia Saudí. El nuevo gobierno tunecino ha pedido ya su extradición. Mubarak ha sido conducido en camilla delante del tribunal y en febrero será condenado por la Corte Suprema de Egipto. Gaddafi fue asesinado por los rebeldes en una cuneta anónima en la región de Sirte de donde era oriundo.

¿Mundo árabe o países árabes?

Una de las mayores dificultades que tenemos para comprender el significado, la amplitud y el horizonte de las revoluciones árabes es el uso de las palabras para definirla, describirla y analizarla. La terminología “mundo árabe”, tan usada en los medios, publicaciones y discursos, es una terminología anacrónica y confusa, obsoleta e inadecuada para hablar de lo que está aconteciendo en los estados árabes. Sin embargo, analistas, políticos, investigadores y medios de comunicación continúan utilizando términos que no explican con claridad y no transmiten lo que realmente se oculta bajo ese velo llamado “mundo árabe”. Además, esos dos términos no corresponden, no describen y ni elucidan la realidad de las gentes, sociedades y pueblos árabes. ¿Dónde está el llamado “mundo árabe”? Porque también hay ciudadanos árabes en los países europeos, en las ciudades españolas, en los pueblos de España. ¿Hablamos de ellos cuando usamos los términos “mundo árabe” o nos referimos a zonas geográficas constituidas en estados independientes?

Esas palabras “mundo árabe” no corresponden a la realidad histórica, ni a las formas de gobierno, ni a los aspectos sociales de cada uno de las naciones árabes. Ese “mundo árabe” está hoy dividido en 17 estados independientes. Con fronteras geográficas, identidades nacionales y sistemas de gobierno diferentes. Cada Estado tiene una forma propia de Gobierno, aunque aparentemente tengan el mismo denominador común. Tenemos el sistema de Gobierno llamado “república” (Argelia, Egipto, Irak, Líbano, Mauritania, Siria, Túnez y Yemen). Después encontramos el sistema llamado “monarquía” (Arabia Saudí, Bahrein, Jordania y Marruecos). A continuación vienen las formas de Gobierno llamadas “sultanado” (Omán), “emirato” (Emiratos Árabes Unidos, “estado” (Kuwait y Qatar). Nos queda Libia, que después de los “congresos populares” del coronel Muammar El Gaddafi (1942-2011), no ha elegido todavía la forma de gobierno que tiene intención de instaurar. Por el momento el Consejo Nacional de Transición (CNT) gestiona y administra la nación libia en medio de grandes dificultades y problemas, como el asalto a la sede central del CNT en Bengasi a mediados de enero por la lentitud con la que se desarrollan. Cada nación de ese conjunto de países árabes tiene su propia historia y ha conocido diferentes etapas en el desarrollo e implantación de las instituciones.

A menudo se confunden los países árabes con la Liga Árabe, que tiene 22 miembros. Entre ellos figuran Sudán, Somalia, Yibuti y las Islas Maldivas. Sería una ofensa para los ciudadanos de esos cuatro países confundirlos con “los árabes” y ponerles la etiqueta de “árabes”. Otra cosa es que haya lazos históricos y culturales, y sobre todo afinidad islámica, de los países árabes con esos cuatro estados. Pero eso no es una razón válida para que sean considerados estados árabes. Con motivo del desplazamiento de los observadores de la Liga Árabe a Siria ha ocurrido un hecho muy significativo. Al jefe de la delegación de los 165 observadores, el general sudanés, Muhammad al-Dabbi, se le ha acusado de investigar en vez de hacer todo lo posible por poner fin a la violencia y la represión en Siria.

Es importante subrayar que, en el contexto de las revoluciones en los países árabes, el “panarabismo”, tan en boga en los años 50, 60 y 70, no se vislumbra por ninguna parte. Ya no aparece como el eterno ideal que recuerda el dinamismo ideológico de los tiempos gloriosos del socialismo árabe y que iluminaba la senda de los pueblos árabes. Como si hubiera sido en la construcción de alianzas transnacionales.

Alguien podría insinuar y hacer notar, y con razón, que quizás nos hemos olvidado del Sahara Occidental y de Palestina. No lo hemos pasado por alto ni nos hemos olvidado. Primero, el Sahara Occidental no está constituido en una nación independiente con fronteras bien definidas e instituciones propias respecto a Marruecos y Argelia. Segundo, Palestina no tiene estatuto jurídico propio como Estado con fronteras territoriales internacionalmente reconocidas respecto al Estado de Israel. Por lo tanto no podemos definir el Sahara Occidental y Palestina como “estados independientes”. Sin embargo, esto no quiere decir que, tanto los palestinos como los saharauis no se sientan parte integrante de los pueblos árabes, principalmente por la lengua árabe y la religión musulmana.

Las identidades nacionales

Después de las independencias los estados árabes han construido su propia identidad nacional dentro de las fronteras geográficas. El término “monarquía”, utilizado en los cuatro sistemas monárquicos (Arabia Saudí, Bahrein, Jordania y Marruecos), no tiene el mismo significado religioso, ni la misma proyección institucional en cada una de las cuatro monarquías existentes hoy en los países árabes. La identidad nacional se ha  fraguado progresivamente y se ha basado fundamentalmente en cuatro fundamentales focos de referencia: territorio geográfico (1), religión musulmana (2), ideología política (3) y recursos naturales (4).

Al comienzo de las independencias nacen los estados árabes con fronteras geográficas bien delimitadas e internacionalmente reconocidas. Los límites territoriales en los países árabes siempre han sido objeto de disputas, polémica y enfrentamientos. Recordemos algunos de los conflictos más notorios a lo largo de la historia: Egipto-Libia, Irak-Kuwait, Saudí Arabia-Yemen, Argelia-Marruecos-Sahara Occidental, Egipto-Sudán, Libia-Chad, Argelia-Túnez. La noción de territorio ha sido un elemento esencial en la construcción de los nacionalismos y en la afirmación de la identidad nacional.

El Islam se ha extendido en los países árabes prácticamente desde su fundación. Podemos afirmar sin peligro de equivocarnos que los árabes se han sentido portadores privilegiados del Islam. La lengua árabe, lengua sagrada del Corán, se ha convertido en la lengua vehicular de los estados árabes. La religión musulmana se ha extendido y propagado a lo largo de los siglos, haciendo de potente engranaje de gentes y poblaciones, tribus y pueblos. Islam significa fe y religión, ley y tradición, moral individual y familiar, cultura y civilización, instituciones y gobierno, orden social y sistema político. Han sido numerosos los procesos históricos de islamización en los países árabes, con lecturas, interpretaciones y aplicaciones de los textos sagrados. Percepción, experiencia y pensamiento se han estructurado, entrelazado y fundido en lo que hoy podríamos definir como el “Islam de los árabes”, con la pluralidad de sus características y manifestaciones. Tanto la tradición sunní como la chií tienen sus intérpretes y expertos, líderes y pensadores, dirigentes y escritores. La comunidad musulmana no es un bloque monolítico en los países árabes, inmóvil e inflexible, sino plural y diversificada. Los países árabes han sido influenciados por las nuevas corrientes del pensamiento islámico a partir de los años 70 y en modo especial por el auge de las corrientes reformistas, del islamismo radical y de los movimientos islámicos. Tanto la visión del Ayatolá Jomeini (1904-1989) y de los Hermanos Musulmanes de Hassan al-Banna (1906-1949), como la del wahhabismo de Abdul al-Wahhab (1703-1792) y el fundamentalismo de Hassan El Turabi (1932) han contribuido a reforzar, consolidar y fortalecer el Islam político en los diferentes países árabes. Ese es uno de los grandes desafíos de las revoluciones árabes: ¿Cuáles son los límites, si los hay, del Islam político? Por el momento las revoluciones árabes no contemplan la separación del poder político y de la autoridad religiosa, aunque no faltan las tendencias liberales de los que luchan por abrir una nueva fase en la evolución futura de los estados árabes que contemple un Estado con los poderes separados, pero unidos por la tradición y la historia.

La lengua árabe, considerada como la lengua sagrada de las fuentes del Islam, El Corán y la Tradición, se ha extendido en todos los países árabes. El árabe es también la lengua religiosa de las comunidades musulmanas a nivel mundial. Pero cabe hacer dos observaciones importantes. La primera es que no hay que confundir arabización con islamización. Los árabes han divulgado la lengua árabe y han propagado el Islam. Pero al mismo tiempo han difundido también usos y tradiciones, costumbres y usanzas. Segundo, los modelos del creyente musulmán han llegado en muchas regiones del mundo a través de lo que los árabes musulmanes han trasmitido. El “Islam de los árabes”, por llamarlo de alguna manera, ha servido de pantalla luminosa, de modelo seguro a imitar, seguir y plasmar. No podemos olvidar que la lengua árabe se ha divulgado mundialmente a través de las instituciones musulmanas, como son la Liga Musulmana Mundial y la Organización de la Cooperación Islámica. Sin olvidar los centros culturales promovidos y financiados especialmente por los Países del Golfo.

Muchos se preguntan hoy en día si los países árabes tendrían tanto protagonismo político, cultural y religioso si no tuvieran, por lo menos un cierto número de ellos, los ingentes recursos naturales de los que disponen. No hay lugar a duda que el gas y el petróleo están jugando un papel decisivo en la conducción de las revoluciones nacionales. Los países ricos en recursos energéticos (Argelia, Arabia Saudí, los Países del Golfo) han usado las subvenciones millonarias para bloquear las revueltas, sedar las manifestaciones y contentar a los manifestantes. Lo han hecho con subvenciones millonarias, creación de puestos de trabajo en la administración,  promesas de concesiones inmobiliarias, préstamos sin interés. Pero todas esas medidas no han calmado los ánimos ni sosegado las mentes. Sigue el descontento de la población en los países que mantienen los mismos gobiernos, aunque la rabia no se manifieste en la calle por miedo a la represión, las detenciones y los encarcelamientos. En todos los estados árabes se ha anunciado “el día de la rabia” contra los líderes que continúan monopolizando todos los poderes.

De súbditos de un Régimen a ciudadanos de un Estado

A las banderas, los carteles y los gritos se suman, sobre todo, el afán, la ilusión y la tenacidad de los ciudadanos que piden reformas, exigen justicia, reclaman dignidad. Si el pan y el trabajo son importantes, más lo son el derecho y el amparo de la ley en tanto en cuanto ciudadano de un determinado país. La ciudadanía es uno de los ejes centrales de las revoluciones que estamos presenciando en los países árabes. Pero las autoridades de todos esos estados, sin excepción alguna, se resisten protegidos por el ejército, la policía y las fuerzas de seguridad. Los ciudadanos quieren recuperar la dignidad después de décadas de injusticias y corrupción, saqueo e iniquidad. Los regímenes dictatoriales han obligado a miles de ciudadanos a tomar la vía del mar o los caminos del desierto en busca del pan de cada día por otros mundos. Dictadores y tiranos se han visto contentos al ver que opositores y activistas tomaban la ruta del exilio. De esa manera resultaba más fácil gestionar las riquezas del país, someter a los ciudadanos y asentarse cómodamente en el poder. La gente sencilla se pregunta dónde van a parar los colosales fondos del petróleo. Millones de ciudadanos árabes viven en la pobreza, la indigencia y la miseria. No es que falten recursos económicos. Los hay en abundancia, pero están en manos de una nomenclatura avara y férrea que tiene todos los poderes en sus manos.

A la gente se le acaba la paciencia cuando escucha promesas vacías y le toca aguantar más tiempo las dictaduras encallecidas sin resultado positivo alguno. En Túnez, Egipto y Libia han caído los tiranos por la constancia, el tesón y el coraje de los ciudadanos. Cada uno de esos tres países tiene su propia historia. Todo análisis crítico de la realidad lleva a considerarlos como estados independientes, con sus propios elementos identitarios. Mientras que en Túnez se ha puesto en marcha el gobierno con la mayoría parlamentaria del partido islamista En-Nahda, en Egipto continúa el pulso político entre los islamistas del partido Justicia y Libertad de los Hermanos Musulmanes y el todopoderoso SCAF (Supreme Council of the Armed Forces). En Libia la situación política e institucional es diferente ya que no se puede hablar de sociedad civil en la época del coronel Gaddafi. El Consejo Nacional de Transición aspira a ser representativo, pero la reconstrucción del país, las heridas y secuelas de la guerra y las ambiciones personales hacen que Libia esté atravesando un período difícil para la consolidación de los derechos, libertades y proceso democrático.

Los ciudadanos árabes no están dispuestos a aceptar y tolerar las temibles garras de ninguna dictadura, que con guante de paño pretenden someter a sus ciudadanos y obligarles a aceptar lo que el Estado diga, ordene y proclame, sea ataviado con uniforme militar, sea con vestiduras religiosas. Ha llegado la hora de que dictaduras políticas e islamismos religiosos plieguen sus velas, cambien disco y partitura, y acaben con el lenguaje anquilosado del miedo y la represión. De lo contrario navegarán contra corriente, contra la ciudadanía, contra hombres y mujeres que buscan y desean un futuro mejor. Un futuro en el que la justicia y el derecho, la libertad y la democracia se armonicen en la calle, en las instituciones y en el Estado. Adentrarse por otra senda significaría convertir los Estados en grandes prisiones nacionales, donde todo el mundo es libre para andar, salir y marcharse cuando lo desee; de preferencia a un país extranjero.

Las elecciones generales en Túnez, Egipto y Marruecos han sido para muchos una decepción al ver los resultados y la victoria de los islamistas. Pero eso era de prever antes de que comenzaran las revoluciones árabes. Los islamistas deben demostrar tres cosas. La primera es demostrar que imponer su particular visión del Islam no está necesariamente en armonía con las libertades civiles de los ciudadanos. Segundo, explicar lo que entienden por “ley islámica” en sus diferentes niveles de interpretación y aplicación en la arena política e institucional. Tercero, preguntarse si su concepción del Estado (Estado Islámico) permite que todos los ciudadanos del país tengan los mismos derechos constitucionales. Está por ver si en la nueva Constitución de Egipto, en proceso de redacción, los ciudadanos de fe y tradición cristianas tendrán los mismos derechos de sus compatriotas musulmanes. Si no los tienen, dudaremos una vez más del contenido del “islam moderado”.

Los islamistas no pueden evitar afrontar los problemas de la libertad religiosa en cada uno de los estados árabes. No hablamos de reciprocidad, sino de derechos civiles. La libertad religiosa es uno de los retos más cruciales en el progresivo desarrollo de este ciclo de cambios institucionales en las sociedades de los países de mayoría musulmana. No una libertad religiosa a merced de los caprichos, ocurrencias e interpretaciones de los líderes de turno, sino una libertad religiosa enraizada en el derecho, fundada en los principios constitucionales, sólidamente cimentada en el orden jurídico establecido. La libertad religiosa no es un asunto individual y privado, sino un derecho fundamental inalienable que requiere la plena e incondicional garantía del Estado. Es en este punto en el que islamistas, liberales, humanistas y agnósticos (igual hay otras categorías) de los países árabes deben demostrar que creen en los derechos humanos y las libertades civiles. Es el termómetro que demostrará si realmente las revoluciones árabes significan un auténtico progreso, o si todavía la libertad religiosa significa pedir limosna al Estado, esperar concesiones fortuitas y someterse como esclavos a la religión mayoritaria.

Los países europeos deben hacerse también algunas preguntas importantes: ¿dónde han ido a parar los sanos principios de los derechos humanos y los ideales de libertad y democracia, que anhelan y desean los ciudadanos de los países árabes? Han pasado muchos lustros y la teoría de que los países árabes eran sólo aptos para sistemas teocráticos y dictatoriales, debe ser definitivamente proscrita y apartada del discurso político occidental. Esa ha sido la visión política que durante años nos han ofrecido hablado del “mundo árabe”, como si interesara solamente el suministro de recursos energéticos como el gas y el petróleo.

La redacción de nuevas constituciones

Las revoluciones árabes han provocado dos reacciones a nivel de las leyes constitucionales de los estados. La primera ha sido suprimir las constituciones en los países en los que ha habido un golpe de Estado para acabar con las dictaduras, como es el caso de Túnez, Egipto y Libia. Fueron suprimidas las constituciones en espera de las elecciones legislativas y la formación de nuevos gobiernos. Equipos de expertos y juristas redactan los nuevos textos. La segunda reacción de los gobiernos ha sido reformar las constituciones como medida preventiva para bloquear las protestas, controlar las manifestaciones y ahogar todo intento de volcar las instituciones del Estado. Argelia, Bahrein, Jordania y Marruecos prometieron reformas en la Constitución y algunas se van introduciendo. Pero en la mayoría de los casos el proceso es largo.
 
En Túnez, apenas dos semanas después de la llamada “Revolución del Jazmín” se puso en marcha el periodo de transición bajo el Presidente ad interim, Fouad Mebazaa. Los 217 miembros de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) fueron elegidos en las elecciones del 23 de octubre de 2011. La formación política de En-Nahda (El Renacimiento), dirigido por el islamista Rashid al-Ghannushi ganó las primeras elecciones de Túnez, conquistando 89 escaños de los 217. Hamadi Jebali, que fue condenado a 16 años de cárcel en 1992, ha sido elegido jefe del Gobierno post-revolucionario. Una de sus primeras responsabilidades de la ANC fue redactar un nuevo texto de la Constitución. El texto provisional fue presentado y aprobado a comienzos de diciembre. En él se lee: “El presidente de Túnez debe ser tunecino, de padres tunecinos y de religión musulmana”. El nuevo Presidente de Túnez, Mouncef Marzouki, del partido Congreso para la República y antiguo detenido político del ex-presidente Ben Ali, ha declarado a comienzos de enero que “la nueva Constitución incluirá referencias a los derechos de las mujeres”.

Marruecos es un caso particular porque se ha redactado un nuevo texto constitucional que fue aprobado el 1 de julio del 2011. Se recortan en apariencia los poderes del monarca alauí, Mohamed VI, pero en definitiva es el rey quien decide quién va a ser elegido jefe del Gabinete, con el nuevo título de Presidente del Gobierno. La nueva Constitución del Reino de Marruecos define al monarca como “Jefe del Estado, arbitro supremo que transciende la afiliación política, preserva las opciones democráticas y garantiza las instituciones constitucionales adecuadas” (Art. 42 de la nueva Constitución). La victoria de un partido en las elecciones legislativas no garantiza automáticamente el nombramiento como primer ministro del líder del partido ganador. Es prerrogativa exclusiva del rey tomar la decisión y nombrar el Presidente del Gobierno. En las elecciones legislativas del 25 de noviembre del 2011 el partido islamista Justicia y Desarrollo, obtuvo 107 escaños de los 395. El nuevo primer ministro marroquí, Abdelilah Benkirane (1954), líder de la formación política Justicia y Desarrollo, fue nombrado Jefe del Gobierno (29 de noviembre de 2011) después de haber ganado las elecciones legislativas.
 
En Egipto se han concluido las tres fases de las elecciones legislativas del 27 de noviembre del 2011 al 11 de enero del 2012. El partido inspirado en la ideología islamista de los Hermanos Musulmanes, Justicia y Libertad ha sido el vencedor de las elecciones legislativas, ganando 235 escaños de los 508 de la Asamblea del Pueblo como viene llamado el parlamento en la República Árabe de Egipto. Ha sido inaugurado ya el nuevo parlamento bajo la presidencia de Saad al-Katatny. El segundo partido ganador, de tendencia salafista, ha sido al-Nour (La Luz) que ha obtenido 121 escaños. Podemos decir que los islamistas han conseguido una gran victoria en el Egipto post-Mubarak. Sin embargo, quedan cuatro retos importantes en los meses venideros. El primero es la organización de las elecciones presidenciales. El segundo la redacción y aprobación de la nueva Constitución. El tercero tiene que ver con los derechos constitucionales de los cristianos coptos que suman un 10 % de la población y sienten la discriminación en su propia piel. El cuarto es la posición y competencias de las fuerzas armadas, hoy bajo el Scaf (Supreme Council of the Armed Forces). Todo esto significa hacer la transición de gobiernos militares a un gobierno civil. Se dice que los Hermanos Musulmanes no quieren molestar, y menos reducir los privilegios de los militares. El nuevo texto constitucional explicitará las competencias, responsabilidades y límites de las Fuerzas Armadas dentro del marco institucional de Egipto.

En Libia queda mucho camino por recorrer, pero ya se está trabajando en la redacción de la nueva Constitución. El presidente del Consejo Nacional de Transición anunció el 22 de octubre del 2011 que “Libia era un país musulmán y por lo tanto la legislación estaría basada en la ley islámica (shari‘a)”. Por el momento se redacta una nueva Constitución. Pero el CNT encuentra muchas trabas en la evolución de sus programas, proyectos y planes a corto y largo plazo.
Para tener una visión más clara y comprender de manera menos imperfecta cada uno de los estados árabes es necesario analizar los artículos de la Constitución y examinar detalladamente su contenido. Se deben tener en cuenta cuatro capítulos o áreas fundamentales: la definición y función del Estado (1), la base y el fundamento del sistema jurídico y legislativo (2), los derechos, libertades y prerrogativas de los ciudadanos (3), los derechos y el estatuto jurídico de los trabajadores extranjeros (4). Las manifestaciones, protestas y reivindicaciones en cada uno de los países árabes ponen en tela de juicio esos cuatro niveles y espacios de estudio, análisis e investigación. En ellos se identifican, se entrelazan y se entroncan las funciones, responsabilidades y competencias del Estado con los derechos y libertades de los ciudadanos.

En la práctica, los sistemas de Gobierno que hemos visto y vemos hasta ahora en los países árabes han introducido “el sistema hereditario” (Arabia Saudí, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Marruecos, Omán, Qatar, Siria), fundado sobre bases religiosas islámicas o ideado sobre los derechos dinásticos establecidos para la sucesión dentro del clan familiar. Arabia Saudí, Bahrein, Jordania y Marruecos están atravesando períodos difíciles ya que las nuevas generaciones están pidiendo reformas constitucionales profundas y no la aplicación de una cosmética facial, acompañada de promesas, prebendas, detenciones y represión. Todo, dicen los gobiernos,  para mantener el bien social, la paz interna y la estabilidad nacional. Marruecos, como lo hemos subrayado anteriormente, se ha dotado de una nueva Constitución y se han celebrado elecciones legislativas con un gobierno en funciones.

En el caso de Egipto, Túnez y Libia sabemos que la “herencia política” había sido hábilmente cincelada para que permaneciera dentro del clan familiar de los respectivos dictadores. Pero en los tres países los planes de los dictadores han sido arrollados por el huracán de la revolución. Por eso la revolución en curso en cada uno de los países árabes se ha transformado en una vía popular para la implantación de la democracia en la que los ciudadanos tengan voz en la calle y las instituciones, y también voto en las urnas. Resulta incomprensible que con los enormes recursos naturales de los países árabes estemos hablando todavía de pobreza, de miseria y de injusticias.

Todo este proceso democrático conlleva dos aspectos importantes. Por una parte la necesidad de que las Constituciones establezcan el marco constitucional de los poderes del Estado. Por otra, la implantación de un sistema jurídico y legal que no esté exclusivamente fundamentado en la Ley Islámica (shari‘a)como única fuente del derecho, sino que se base también sobre leyes civiles. No se puede hablar de igualdad de derechos cuando, por ejemplo, en la República Árabe de Egipto los ciudadanos egipcios de fe y tradiciones cristianas son discriminados ante la ley. Por lo tanto, en Egipto no se puede hablar de igualdad de los ciudadanos ante la ley, ya que la fuente principal de la legislación es la ley islámica (shari‘a), al menos en la Constitución suprimida después de la caída de Mubarak. Entre las 11 enmiendas a la Constitución, sometidas a Referéndum popular el 19 de marzo 2011, no estaba prevista una reforma institucional y un cambio constitucional de la fuente del derecho, a saber la ley islámica.

Siria: el rompecabezas

Lo que está ocurriendo en Siria es muy elocuente y aleccionador, si queremos entender lo que significa el afán medular de querer alcanzar el áncora de la libertad, el espacio de la dignidad humana y las amarras liberadoras de los derechos humanos. Una nación en la que se juegan en gran parte los destinos, la estabilidad y el futuro de los países del Oriente Medio, pero principalmente del Estado de Israel y de la República del Líbano. De aquí nace el disco rayado de “la conspiración” que el presidente Bashar al-Assad (1965) hace escuchar cuando crece el nivel del descontento popular. Parece que “la música de la conspiración” la ha heredado de su padre, Hafiz al-Assad (1930-2000), que frecuentemente repetía y hablaba de proyectos conspiradores extranjeros durante la época férrea de su largo y régimen dictatorial (1970-2000). No mostró el menor titubeo cuando ordenó arrasar un cuarto de la ciudad de Hama para acabar con los adversarios y opositores a la política del partido al-Ba‘ath (El resurgimiento). Ocurrió en abril de 1981. El ejército masacró a más de 25.000 personas y desde entonces se conoce con el nombre de “Masacre de Hama”. Hama era el bastión de los Hermanos Musulmanes. No parecen haber cambiado las cosas porque en la actualidad las fuerzas del ejército sirio han hecho de nuevo estragos entre la población, causado docenas de muertos, destruyendo barrios, persiguiendo a los que se torpedean al régimen de al-Assad. La ciudad de Hama es considerada hoy como el microcosmo político de la creciente oposición al clan de los Assad en Siria.

En Siria ya no causan miedo las balas, ni los tanques, ni los fusiles. Menos aún el discurso gélido, insultante y calculador que al-Assad pronunció el 10 de enero de 2012 en la Universidad de Damasco. Asentó otra puñalada institucional en el alma del pueblo sirio por lo que representó de altivez, desprecio y arrogancia. Negó  rotundamente, una vez más, que él fuera el responsable de las matanzas abominables de sus propios ciudadanos, o que las hubiera ordenado. Todo era fruto de “la conspiración exterior”. Hasta los jefes de Estado árabes se han visto sorprendidos por el engreimiento, el desdén y la tiranía del reyezuelo sirio. De profesión oftalmólogo, que llegó al poder en julio del 2000 después de la muerte de su hermano Basilio al-Assad (1962-1994) en un accidente de coche. La Liga Árabe, compuesta de 22 estados independientes entre los que figuran Sudán, las Islas Maldivas, Yibuti y Somalia, expulsó a Siria de la organización en noviembre del 2011, a causa de la violenta represión y el creciente número de muertos y heridos.

La llegada de observadores de la Liga Árabe para ver sobre el terreno lo que realmente está sucediendo no ha servido para nada. Al contrario, el gobierno sirio se ha aprovechado para utilizar a los observadores como arma arrojadiza contra los países occidentales, los estados árabes y el lobby sionista. Pero el Consejo de Cooperación del Golfo (Gulf Cooperation Council), compuesto de Arabia Saudí, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar, ha decidido retirar los 55 observadores de Siria, acusando al presidente al-Assad de continuar con la represión cruel de la población. Son más de 5.500 las víctimas de la barbarie despiadada de las fuerzas de seguridad, de la policía y del ejército. El mandarín sirio ha prometido reformas y la redacción de una nueva Constitución, pero ya nadie cree en sus fútiles palabras y pomposas declaraciones.

La revolución popular en Siria, sin embargo, no puede dar marcha atrás. Es demasiada la sangre derramada por ganar más libertad, derechos, justicia y dignidad. No creo que hayamos visto todavía lo peor en Siria. Siguen muriendo hombres, mujeres y niños a causa de la tiranía encallecida del jefe y sus huestes. Pretender bloquear la revolución sería como intentar parar el viento enfurecido del desierto con una muralla de tiendas de campaña beduinas. La enemistad política y el contencioso territorial de Siria con Israel y Líbano le convierten en una pieza fija en el rompecabezas del Oriente Medio. Una guerra civil en Siria, cosa que no es improbable en la actual situación política, tendría consecuencias humanitarias devastadoras para toda la región. El gobierno de Turquía, que se ha propuesto jugar un papel de relieve en el futuro de los estados árabes, ha sido crítico con la brutalidad, inflexibilidad y represión de las autoridades sirias. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan (1964) ha tenido palabras durísimas de condena para el presidente al-Assad. El gobierno turco se ha visto con la avalancha de miles de refugiados sirios, creando una situación de inseguridad y apoya a los disidentes y desertores en la formación del Ejército Libre de Siria. De momento es peliagudo mover ficha en “el ajedrez sirio” y muy complicado desenroscar el poder del presidente al-Assad y de la cúpula militar que lo sostiene, apoya y protege. Al-Assad galopa y no ha caído todavía del caballo “en la vía de Damasco”.

Yemen: la incertidumbre

En Yemen se extiende la agitación popular y crece la repulsa generalizada contra el presidente Ali Abdullah Saleh (1942). Lleva 33 años en el poder que lo ha conducido con mano dura y autoritaria. Primero, fue elegido presidente de la República del Yemen (Yemen del Norte) en1978 y segundo, continuó siéndolo del Yemen unificado a partir de 1990. En los últimos años ha sido el referente de los Estados Unidos en la encarnizada lucha contra las células de al-Qaeda arrocadas en el sur de Arabia Saudí y en Yemen. Este hecho había convertido a Saleh en “un personaje clave” en una zona geográfica de gran importancia geopolítica y estratégica: por un lado la entrada al Canal de Suez y por otro la proximidad a las costas somalíes norteñas. Desde 1991 los milicianos conocidos con el nombre de batalla al-shabbab (los jóvenes) combaten con todos los medios (piratería, secuestros, droga, contrabando) para establecer un Estado Islámico en el Cuerno de África.

El continuo desafío callejero a la dictadura de Saleh le llevó a aceptar “el plan saudí” para que dejara la presidencia. Firmó un documento oficial de renuncia en Riyadh (Arabia Saudí) el 23 de noviembre 2011. Lo hizo en presencia del Rey Abdallah bin Abdelaziz al-Saud (1924) y de otros dignatarios de la Casa Real. Después de la firma el monarca saudí le dijo: “A ver si esta vez es la buena”. Porque el presidente Saleh ya prometió el 2 de febrero del 2011 que iba a  dejar el sillón de mando. Lo hizo en otras ocasiones, pero nunca llegaba la hora. Los poderes efectivos del gobierno han pasado al vicepresidente Abed Rabbu Manssur Hadi. Mientras tanto han ido creciendo la violencia y la inestabilidad en el país. Pero lo peor de todo es que ha ido aumentando el número de víctimas y se ha endurecido la represión estatal en la tierra conocida con el legendario nombre de Arabia Felix.

El grave atentado que sufrió Saleh en junio del 2011 le hizo reflexionar seriamente y aceptó la intervención política de las autoridades saudíes, que además le ofrecieron los cuidados médicos necesarios hasta el mes de septiembre. Pero la enigmática saga del presidente Saleh no ha llegado a su fin. Una de las condiciones en el documento de dimisión era la inmunidad personal. El sábado 21 de enero 2012 el parlamento yemení aprobó “la inmunidad al presidente Saleh”. La concesión de la inmunidad se extiende también a su hijo, sobrinos y oficiales que han cometido crímenes “motivados políticamente” desde enero del 2011. La aprobación de la inmunidad presidencial ha sido el detonante que ha hecho reventar de nuevo la furia y la indignación de miles de yemeníes, que se han manifestado en las calles y plazas de la capital Sanaa. Mientras el bullicio, la rabia y el furor llenaban las ciudades del país, el presidente Saleh volaba a New York para proseguir los cuidados médicos. El Departamento de Estado de los Estados Unidos se ha apresurado a puntualizar que se le admite solamente por motivos médicos. Los yemeníes no lo creen y están en su derecho y libertad para no hacerlo.

El movimiento terrorista de al-Qaeda, en el que se mezclan muchos elementos, está recomponiendo sus fuerzas y atinando sus objetivos después de la muerte de Osama Bin Laden en mayo del 2011. Yemen y Somalia han sido dos de sus principales áreas de acción en los últimos años. En Somalia consiguió hincar las botas consiguiendo una mezcla explosiva de lucha armada, ideología islamista, piratería financiera e inseguridad ciudadana. En el Yemen han operado las células de al-Qaeda desde hace mucho tiempo. La revolución popular contra la tiranía del presidente Saleh ha dejado de manifiesto las ambiciones hegemónicas de al-Qaeda que ya ha construido sus bases en las ciudades del sur como Zinjibar y Radda. La componente qaedista se añade como un potente detonante revolucionario que deja muchas incógnitas geopolíticas, tanto en el Océano Indico como en el Golfo Pérsico. Y no solo la piratería, también los refugiados y la hambruna del Cuerno de África.

Reflexiones a modo de conclusión

1. La evolución constante de las revoluciones árabes continuará en todos los países sin excepción. Con altibajos, protestas y manifestaciones. Las ayudas económicas ya no sirven para aplacar “los días de rabia” que han vivido los pueblos árabes, no solo en 2011, sino durante décadas de dictadura en sus diferentes modalidades. Yemen y Siria están en la encrucijada. La revolución sigue preocupando a todos los países del Golfo y más con las amenazas que vienen de la República Islámica de Irán. Las dinastías gobernantes de los países árabes no podrán perpetuarse, si hablamos de progreso civil, social y democrático. Los cambios son más dolorosos cuanto más tiempo se tarda en introducirlos y ponerlos en marcha. Aunque sabemos lo difícil que resulta la metamorfosis del poder autocrático.

2.Los muertos y heridos son el testimonio de lo acontecido en los diferentes estados árabes. Son los mártires de la revolución, del cambio de ciclo en los países árabes. Claman justicia y dignidad. No en el sentido de revancha y vendetta, sino en la línea de cambio, de reformas y de progreso en materia de derechos humanos, libertades civiles, derechos de la mujer, progreso democrático. Los daños de las revoluciones árabes no son solamente humanos sino también materiales. Reconstruir el país, como en el caso de Libia, no será fácil, aunque el país posea gran potencial económico.

3. Las mujeres han jugado, y están desempeñando, un papel decisivo en las revoluciones árabes. Lo han demostrado en Túnez, Egipto, Libia, Argelia, Yemen, Siria. Resulta incoherente y sorprende escuchar que el monarca saudí otorga a las mujeres el derecho al voto a partir del 2015. Pero los derechos de las mujeres nacen de ellas mismas como seres humanos, no pueden tener como fuente un acto parlamentario, una concesión institucional o un regalo de palacio. Los gobiernos canalizan lo que ya existe, en principio, en materia de derechos y libertades, pero no lo inventa, ni lo concede a su antojo o por conveniencia propia.

4. En Marruecos, Túnez y Egipto la población pide y exige de los nuevos diputados que traduzcan en la práctica los principios y objetivos de la revolución. Una cosa es cierta: la población no desea ver de nuevo dictaduras de signo político ni de cuño islámico. Esta fase será ardua, difícil y tortuosa debido al estreno parlamentario de los partidos islamistas en las instituciones y gobiernos. Los liberales no quieren ser arrollados por los que quieren establecer un Estado Islámico sin decirlo abiertamente y sin reconocerlo.

5. Sin lugar a duda las jóvenes generaciones han sido la fuerza dinamizadora de las revoluciones árabes. La crisis y el paro entre los jóvenes ha exacerbado todavía más el ambiente social y político de las sociedades árabes. Los jóvenes esperan que el dinamismo que ha llevado a la caída de algunas dictaduras, y está conduciendo a reformas profundas, no se apague ni se esfume en las buenas intenciones de los elegidos a legislar y gobernar los estados. Esto no lo tolerarán y estarán dispuestos a salir de nuevo a la calle y a tomar las plazas.

6. La situación en Siria puede transformarse en guerra civil de un momento a otro a pesar del poder del ejército y la división entre los que no quieren que se intervenga militarmente, en especial en el caso de Siria. ¿Será inevitable la guerra civil en Siria y lo será en Yemen? Las protestas no van a acabar y tampoco la represión por parte de las fuerzas armadas. Siria y Yemen son dos estados muy diferentes, tanto por su composición étnica y social, como por su situación geográfica y su trayectoria histórica.

7. Los países occidentales deben renovar el tipo de relaciones que quieren seguir teniendo con los países árabes. No solo por cuestiones de orden económico sino porque está cambiando la forma de gobernar, de concebir la sociedad civil y de utilizar los recursos humanos. Los estados árabes necesitan la tecnología y el avance de los países occidentales en muchos campos. Ha quedado a las espaldas el acoso colonial. Las revoluciones árabes no han tocado el techo del colonialismo. Esa fase ya se acabó hace mucho tiempo. Los retos son otros y el camino ya se ha emprendido.

1 Es miembro de la Sociedad de los Misioneros de África. Arabista, africanista e islamólogo. Trabajó como misionero en Tanzania entre 1969-1974 y 1978-1982. Se incorporó al Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islámicos (PISAI, Roma) en 1983. Fue Director de Estudios y Programas del PISAI (1993-2000) y Rector del PISAI (2000-2006). Profesor Ordinario de Lengua Árabe y de Estudios Islámicos desde 1990 y Rector Emérito del PISAI a partir del 2007.

 

 

 

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